Me envían un reel —vídeo vertical de corta duración— en el que un profesor de Oxford o Cambridge, no se especifica, le explica a un chico que le entrevista por la calle cuál es la diferencia entre conocimiento y sabiduría. Se diría que es una diferenciación muy sutil, pero nada más lejos de la realidad: el mundo está lleno de gente atiborrada de conocimientos y que, sin embargo, son unos verdaderos zotes. En realidad, atiborrada de conocimientos, hoy día, es cualquier persona que lleve un móvil en el bolsillo. Sabiduría, sin embargo, al entrar dentro del campo de lo subjetivo, solo viéndola en acción se puede hacer uno una idea de lo que pudiera ser.
Yo diría que es como un aura que impregna el entorno de serenidad y que, también, propicia eso que algunos llaman comunión de los santos. Pero ya digo, no es cuestión de palabras; mejor es buscar en YouTube un vídeo de Diego del Gastor y observarle con atención. Él no solo sabía tocar la guitarra, que eso muchos lo saben hacer muy bien, lo fundamental que él sabía, sin necesidad de saber que lo sabía, era crear un ambiente mágico a su alrededor en el que todos parecían entrar en esa mentada comunión. Algo que, sin duda, solo se puede conseguir por medio de la ascesis, es decir unas disciplinadas prácticas para despojarse de todo lo superfluo, tanto en lo material, como en lo espiritual.
Yo no creo que Diego fuese consciente en absoluto de su sabiduría. Seguramente, él se había ido despojando de forma natural de todas las superfluidades de la vida, por así decirlo, sin la menor premeditación, llevado solo de una intuición que le venía de los cielos. Cuando murió, vivía en una pensión y, aparte de su guitarra, tenía dos trajes, un diccionario cochambroso, un manual para aprender a hacer sombras con las manos, y nada más.
Personalmente, desde que, a bastante avanzada edad, empecé a tener algún uso de razón, he estado intentando luchar por despojarme de toda la mugre que las circunstancias me echaron encima. Y quizá en lo material haya conseguido algo, pero, en lo que hace a lo espiritual, pienso que sigo en pañales, Y digo en pañales porque sigo teniendo una conciencia de mí mismo que, a la que tengo que enfrentar mínimamente el mundo, me abruma. Así es que toda mi vida se ha sustentado en la evitación como única forma a mi alcance para poder sobrellevarla. Evitando el contacto se muere el perro y se acaba mi rabia. Es mi sino.
En fin, así son las cosas: unos tanto y otros tan poco. Pero, bueno, siempre está ahí el ejemplo para que podamos observarle y, si no somos muy tontos, por comparación, sacar algunas conclusiones sobre nosotros mismos que nos ayuden en la tarea suprema de la vida, es decir, el conocimiento de uno mismo, o, como aseguran otros, la sabiduría.

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