Hace tres o cuatro meses que no saco de casa el móvil. Y en casa le tengo en modo no molestar. Bueno, no se hacen idea de los beneficios mentales que semejante actitud me está proporcionando. Así que, allá cada cual con sus aspiraciones que las mías no son otras que quitarme de encima cuantos más ansiógenos mejor. Porque mira que es incómodo estar siempre en posición expectante o, si quieren, de disponibilidad, como un lulú cualquiera. No, es mejor que las cosas vuelvan por sus fueros, y si alguien quiere algo de mí que me ponga un mensaje que ya lo veré cuando vuelva a casa o cuando me acuerde de mirar el teléfono. Total, tengo la absoluta certeza de que yo no voy a solucionar a nadie cualquier aspecto de su vida por ponerme en contacto con él de inmediato. Unas horas de más no van a cambiar absolutamente nada.
El caso es que hoy voy y me entero de que, de momento no probable, pero sí es posible que este próximo invierno a las muchas gracias que nos piensan hacer los gobernantes se añada la de un apagón de la telefonía móvil. Porque, claro, una cosa tan sofisticada no se alimenta del aire sino que precisa de unos consumos energéticos nada despreciables. ¡Ay, qué ingenuidad la nuestra! Queremos vivir ignorando que por cada escalón que sube la sofisticación asciende cien la vulnerabilidad. No quiero imaginarme lo que puede ser esto si se produce el tal apagón: suicidios en cadena y cosas por el estilo.
Por otro lado estamos en el juego de que yo no fui, que fue Tantín, que fue mi hermano el chiquitín. El asunto de los gaseoductos del Báltico es como lo de Dante a las puertas de infierno: ¡perded toda esperaza, vosotros los que entráis aquí! Por lo visto, sofisticación al canto, no hay forma de repararlos. Porque si la hubiera ya se habrían puesto a ello en vez de entretenerse en el juego de achacarse la autoría. De momento solo se está elevando el tono de las voces, lo cual, como de sobra sabemos es el paso previo y necesario par comenzar con las hostias. ¡Por Dios bendito, que atrocidad quien quiera que sea que la haya cometido! Y qué absolutamente nada importamos los de a pie a los que mandan... por si alguien albergaba alguna duda al respecto.
En fin, como siempre se dijo, a todo cerdo le llega su San Martín. Pues bien, todo parece indicar que ya llegó el nuestro, porque cerdos, lo que se dice cerdos, lo venimos siendo hace un rato bien largo.