Tengo una vecina enfrente que siempre tiene las ventanas abiertas de par en par. En invierno y en verano. Así que, como es una calle no muy ancha, tengo butaca de primera fila para contemplar el espectáculo. Por supuesto que tiene su perro y su chorbo. Y cultiva mariguana en un tiesto. De vez en cuando discute a gritos con el chorbo que se pasa la vida entre la cama en compañía del perro y la ventana fumando porros... que desde aquí lo huelo perfectamente. Otras veces ponen música a tope, aunque afortunadamente nunca la soportan por mucho tiempo. El chorbo desaparece a ratos que ella suele aprovechar para tumbarse en la cama con el perro al que tiene perfectamente amaestrado para que le lama las piernas por su parte más alta. Los dos son autóctonos y andan por los treinta y tantos y, como ven, son un perfecto exponente de lo que se lleva. ¿Qué sería de la vida de estos dos sin su perro y sus porros?
Cuando digo lo que se lleva me estoy refiriendo a entre los autóctonos. El resto de las viviendas están ocupadas mayormente por matrimonios jóvenes de sudamericanos que suelen pasan las veladas mirando la televisión y jugando con sus niños. Son, sin duda, nuestra garantía de futuro. De hecho siempre hay algún joven, o jovena, sentado a la mesa con libros delante.
Así es la vida y con estas cosas me entretengo. Las cosas del barrio. No necesito traspasar sus fronteras para ver todo lo que hay que ver en este mundo. Pensar que mil kilómetros más allá iba a encontrar cosas distintas sería tanto como decir que soy idiota. O, para ser más exactos, que tengo la sensibilidad embotada. En todos los sitios hay exactamente lo mismo, es decir, hay de todo a condición de que sepas observar.
Observar, ¡qué exigente dedicación! Cuando ya te parece que aprendiste algo al respecto, es la hora de partir.
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