No fueron pocas las veces que me llegué dando un paseo en bicicleta hasta Alba de Tormes. Hoy lo rememoro, Garcilaso mediante:
"En la ribera verde y deleitosa/ del sacro Tormes, dulce y claro río,/ hay una vega grande y espaciosa,/
verde en el medio del invierno frío,/ en el otoño verde y primavera,/ verde en la fuerza del ardiente estío."
Viví unos cuantos años en Salamanca. Los suficientes para haber tenido de todo, buenos, malos y pésimos ratos. Pero a la postre, mayormente, suelo recalar en los buenos y, los malos y pésimos, solo son una lección que de puro aprendida ya hasta me aburre recitarla.
Ratos buenos, unos cuantos. Y es que en Salamanca, como todo el mundo está en trance de aprender, es inevitable que se te pegue esa querencia. Y qué mejores ratos puede haber que aquellos en los que aprendes algo. Música, lengua, latín, literatura... aquello era un sinvivir de tanto querer apagar la sed de conocer.
La verdad, no me puedo imaginar lo que hubiese sido España, y el mundo, y sobre todo yo, si no hubiese existido Salamanca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario