sábado, 24 de septiembre de 2022

Sin enmienda

La cosa está chunga a más no poder por mucho que las terrazas de los bares sigan rebosando de alegría. Siempre es igual, la cabeza debajo del ala y que dure lo que dura dura. Pero no cabe engañarse porque viene Jordan Peterson y te pone frente a la cruda realidad. Pequeño, dice, deja ya de hacerte el superior moral llamando nazi a Putin. Porque no lo es más de lo que lo eres tú. Y, además, él no ha tenido que vender el alma a cambio de gas y petróleo, cual es tu caso. Así que respira hondo y ponte a cubierto porque una vez más está a las puertas el general invierno que viene por enésima vez a dar una victoria rotunda a los rusos. ¡Por Dios Bendito, qué ingenuidad pensar que los ucranianos van a poder tratar a los rusos como los catalanes y vascos tratan a los españoles que viven entre ellos! 

Lo que más me gusta de las películas del oeste que ponen en el canal de la Iglesia es que idefectiblemente representan al pueblo como un atajo de borregos fácilmente manipulable por el malvado de turno. El malvado, un tipo con poder mal adquirido que se siente inseguro y piensa que solo consiguiendo más poder a costa de lo que sea podrá descansar. Su más poderosa arma siempre es la misma: fabricar mentiras agradables al oido de los que viven atemorizados. Mentiras agradables porque llevan implicita la solución al problema que causa el miedo. Una solución, por decontado, sencilla: solo hay que ahorcar al Putin de turno. O sea, el chivo fabricado para olvidar que has vendido tu alma por un baril de petróleo. 

Pues sí, la cosa está chunga , pero que muy chunga. Porque Dios que todo lo ve nunca consiente que el malvado se salga con la suya. Y, lo que es peor, siempre envía al profeta que desenmascara la mentira y enfrenta al populacho con su propia culpa. Y, entonces, ya da igual que el populacho se revuelva y en vez de ahorcar a Putin ahorque al mentiroso, porque el peso de la culpa atormentará su alma hasta su último suspiro. 

En fin, y qué le vamos a hacer si, no dos, sino cien mil veces tropezamos en la misma piedra. Queremos imposibles y siempre acabamos igual: encadenados a una roca del Caucaso. Pero bueno, los unos porque no leen y los otros porque no entienden lo que leen, el caso es que esto tiene menos enmienda que la jodienda, lo que ya es decir. 

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