miércoles, 7 de septiembre de 2022

La perenne identidad

Llevo ya más de un mes dándole a la partitura de El Choclo y no hay forma de que pueda con ella. Da igual que la melodía sea pegadiza hasta decir basta. Supongo que es una cuestión de arreglo armónico. En fin, en cualquier caso, avanzo y, si no me muero antes, algún día lo tocaré como toco ahora La Catedral o Un Dia de Noviembre o el Squezino Mexicano, que son las tres piezas que he aprendido este verano y espero ir puliendo en los sucesivos meses o años... porque este es el jardín que me ha dado por cultivar sin que para ello haya tenido en cuenta mi realce rey que, como supongo sabrán, así es como llama Gracián a aquello para lo que estamos más dotados. 

Nunca, pienso, fui capaz de dar con mi realce rey. Quizá es que no le tengo por más que Gracián diga que todo el mundo tiene el suyo, aunque, también dice, que la mayoría no le encuentra en toda su vida. No sé, para mí que la mayoría no le encontramos porque, sencillamente, no le tenemos. En mi caso particular, estoy convencido de que así es. Nada que intenté en la vida conseguí que destacase mínimamente. Y desde luego que no habrá sido por falta de constancia. Así que, como se dice ahora, blanco y en botella... que tampoco sé qué quiere decir. Quizá leche. O lichi, como dicen los pasiegos. 

Por lo demás, sigo con la poesía de Garcilaso que, como les decía es un rizar el rizo al tango hasta llegar al infinito. ¡Dios! ¿Cómo se puede llegar a sufrir tanto porque una mujer no te quiera? Es absoluto non sense. Aunque quizá no sea más que una excusa que busca Garcilaso para engarzar versos de las más variadas maneras y todas por así decirlo perfectas. Es un verdadero placer leerlo en voz alta buscando siempre la musicalidad que no cuesta encontrarla. Y es que es algo que se nota a la legua que ha sido compuesto con extrema facilidad, es cecir, tirando de realce rey. 

Por otra parte, sigo con Pessoa:

122.

La idea de viajar me da áuseas. 

Ya vi todo lo que nunca había visto.

Ya vi todo lo que todavía no vi.

El tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descubrir, bajo la falsa diferencia de las cosas y las ideas, la perenne identidad de todo, la semejanza absoluta entre la mezquita, el templo y la iglesia...

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