sábado, 5 de agosto de 2023

A chirigota

Sigo con Casanova, sigo con Heródoto, sigo con El Viaje al fondo de la noche de Céline. Son los intríngulis del ser humano y su historia. Parece como si sabiendo más de lo uno y lo otro fuésemos a sobrellevar con una mayor dignidad nuestro paso por aquí. Como todo, una vana ilusión. Uno ya lee sin otra pretensión que la de entretenerse, al ser posible riéndose de uno mismo. Y es que la vejez tiene eso, la risa. Salvo el dolor de los niños todo da risa. Por absurdo. 

Casanova es un favorecido de la fortuna y tal vez por eso sea que se pasa la vida desafiándola. De vez en cuando le juega una mala pasada, pero siempre acaba venciéndola. Es infatigable al desaliento: como los niños. Para él, mirarse en el estanque dorado que tienen las mujeres entre las piernas y sentirse el rey del mundo es todo uno. Y, de vez en cuando pilla una gonorrea, pero se pone a régimen unos cuantos días y como nuevo para volver a empezar. Mujeres y juego son su pasatiempo. Su pasión es la aristocracia. El sentimiento aristocrático. Por tal es que se debiera incitar a leer a Casanova en las escuelas, para tener idea lo más aproximada posible de en qué consiste el ser aristocrático. La compasión inteligente, que es la filantropía. El esfuerzo por conocer sin esperar más recompensa que el poder codearse con los mejores para seguir aprendiendo. La impavidez ante el peligro. En fin, todas esas cosas que su siglo estaba empeñado en cambiar por el calor de establo que proporcionan las masas. Por eso se rio de Voltaire cuando este le dijo que su meta en este mundo era acabar con la superstición. Que mira que hay que ser ingenuo para albergar tal pretensión. Como le respondió Casanova, la cuestión aquí es saber a que superstición te acoges en el momento en que abandonas el más aristocrático de todos los sentimientos: el escepticismo. El mundo, querido Voltaire, solo se puede describir, pero nunca cambiar. ¡Pues anda que no resultó ser superstición y media la dichosa ilustración!

Heródoto es otra cosa, que, por cierto, tampoco estaría de más que se leyese en las escuelas.  Conocerle ayuda a comprender eso que parecía no entender Voltaire, es decir, que el mundo, en lo esencial, no ha cambiado un ápice desde la noche de los tiempos. Porque las pasiones, que son la sustancia del mundo, no está en la mano de los hombres el poder atemperarlas. Somos esclavos de ellas y, al menor contratiempo, doblemente esclavos. Así que, si vienen mal dadas, nos comemos, no solo a las mascotas, que, eso, hasta los más sensibles, sino hasta a nuestros propios hijos. Así que, ¡menos lobos!, porque todo lo imaginable, por muy monstruoso que nos parezca, ha tenido y tiene lugar bajo el cielo so capa de normalidad: todo es cuestión de haberse criado en un ambiente. Bueno, esto es lo que viene a deciles Ciro a unos embajadores griegos, muy engreídos ellos, cuando le comentan lo salvajes que son los massagetaes porque se comen a sus viejos. Pues no señor, de salvajes nada, que bien contentos están los viejos de que les coman para que así su espíritu no se pierda y con ello poder alcanzar una especie de inmortalidad. Desde luego, se mire como se mire, una creencia mucho más simpática que la del buen salvaje que nos viene asolando por estos pagos desde hace ya más de dos siglos. 

Por lo demás, Céline, ¡qué mal lleva lo de vivir! Y es que a nada que uno sea un poco sensible la primera y única pulsión es la de salir corriendo. Y de ahí, probablemente, sea este incesante trasiego de personas de aquí para allá sin otra finalidad que la de huir de uno mismo. Porque a cualquier parte a la que te lleve la huida vas a encontrar la misma realidad insoportable. La gente sensible, o hipersensible, no tiene otra solución para sobrevivir que atemperar su sensibilidad por medio de las drogas. Es lo que hacía Pessoa que, por cierto, filosofó mucho sobre estos asuntos. En cualquier caso, Céline abusa de sus lectores. No les da tregua. Por así decirlo, pone a prueba su resistencia a la depresión. Es un buen ejercicio para tomarse la vida, y sobre todo a uno mismo, a chirigota.   

viernes, 4 de agosto de 2023

Colorín, colorado

El otro día pasaron por enésima vez en la cadena de la Iglesia la película Cimarrón. La quería ver María que siempre alega que solo la ha visto una vez. Yo la echaba de vez en cuando un vistazo y ya tenía bastante, porque me la sé de memoria, o par coeur, por corazón, como dicen los franceses sin que yo entienda la relación que pueda haber entre el corazón y la memoria, que es que los circunloquios del lenguaje son a veces bastante inextricables. Pero, éste es otro asunto. A lo que iba es que Cimarrón toma su nombre de los animales domésticos que escapan y se asilvestran, que es lo que viene a hacer el protagonista, Glen Ford, que no aguanta la petulancia y garrulería inherente al cumplimiento del sueño americano y se va por ahí a hacerse matar en una de esas guerras románticas de las que tantas hubo en Europa entre finales del XIX y comienzos del XX.

El sueño americano viene a querer decir que en América se puede conseguir lo que, en teoría, todo ser humano anhela, o sea, riquezas materiales. Una vez conseguidas, se supone que todo lo demás por añadidura. Necia suposición, porque la riqueza es una pócima que, cuando la bebes, en vez de calmar la sed lo que hace es acrecentarla. La ambición nunca se sacia, lo cual viene a querer decir que las personas que la beben se convierten en monstruos. Al final, todo vale so capa de estar yo en posesión de la verdad. Algo así como aquello de :"yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida". Ya ven que siempre hemos estado en las mismas: inventarse una milonga que sirva de excusa para imponerse por la fuerza. La de los americanos, en vez de luz, se compone de progreso y libertad. Porque el uno, por lo visto, según ellos, trae inexorablemente la otra. Es lo de siempre: simplificar para mejor ser comprendido. , 

Pues no, señoras y señores, el progreso material no trae necesariamente más libertad, sino que, a buen seguro, al sobrepasar los límites de lo estrictamente necesario, lo único que trae es esclavitud y degradación moral. Que no otra cosa es lo que, a la postre, nos ha traído el sueño americano. Pero, no desesperen porque, como bien sabido es, no hay cerdo al que no le llegue su San Martín. Y al cerdo americano, todo parece indicar que ya le está llegando. Paso por paso, se va  repitiendo lo de Roma. El que mucho abarca se endeuda, se inflaciona, y a tomar por el saco. Luego, las futuras generaciones recordarán la historia tratando de extraer lecciones de utilidad. Será inútil. Todos los imperios, en llegando a cierta masa crítica, necesitan para sobrevivir pasar de la república a la dictadura, o, si mejor quieren, de una cierta libertad a una esclavitud cierta. Es lo que les pasó a los romanos cuando pasaron el Rubicón y a los americanos cuando ganaron la segunda guerra mundial. A partir de esos momentos ambos imperios comenzaron a decaer en medio del lujo y la depravación moral. En aquel entonces llegaron los bárbaros a imponer su orden y ahora también están llegando a imponer el suyo. Y colorín, colorado.  

jueves, 3 de agosto de 2023

Por donde solía

Está haciendo un verano como los que recuerdo de la infancia. Pero, ahora, en vez de desesperarme, me agrada, y es que, como se suele decir, nunca llueve a gusto de todos. Porque esa es la cuestión, que, por geografía, en Santander lo suyo es que llueva en todas las estaciones: los vientos del Atlántico traen aires húmedos que se estancan en la cordillera y se enfrían y se condensan con resultado de lluvias y paisajes verdes y frondosos. Y por tal es que las temperaturas sean suaves y, por añadidura, que los ricos escojan estos parajes para pasar el verano. Lo cual, lo de los ricos, como no podría ser de otra manera por aquello de la emulación, no deja de repercutir en los usos y costumbres de las gentes del lugar. Que no por otra causa debe ser esa ostentosa propensión a tirar el pedo más alto que el culo. Pero, en fin, esto, lo del pedo, no son más que impresiones mías. ¡Vete tú a saber lo que tienen de realidad! Porque es que, además, gentes lo que se dice propiamente del lugar, cada vez quedan menos. 

Sea como sea, lo que no deja lugar a engaños es el aire de desolación que exhiben los turistas bajo la lluvia. Se les ve perdidos y con un aire como introspectivo de estar prometiéndose a sí mismos no volver por aquí así les maten. Siempre fue así y el que, por caprichos de la naturaleza, haya habido unos cuantos años seguidos un poco más secos no va a cambiar ni los aires atlánticos ni las alturas de la cordillera. Todo ha sido la ilusión esa del cambio climático que tanto da de qué hablar a los políticos. Pura filfa para atormentar a los pusilánimes. 

Así que, por unos u otros motivos, ¡benditas lluvias! ¿Se imaginan un Santander que vuelve por donde solía? O sea, un lugar de veraneo para ricos. Cuatro gatos, en definitiva. Yo, la verdad, es que no entiendo por qué los pobres se obstinan en veranear. Porque mira que lo pasan mal. Todas sus actividades tienen que ser por fuerza en precario. No es extraño, así, que a las malas vibraciones causadas por esa precariedad se las considere una de las primeras causas de divorcio. Muchas son las parejas que lo primero que hacen al volver a sus casas es acudir a un abogado de familia para que comience con los trámites pertinentes. 

El puto sueño americano que incitó a los pobres a creer que imitando a los ricos también ellos podrían sentirse ricos. Cuando la realidad incontrovertible es que los pobres solo pueden ser ricos si viven como pobres. O sea, sacar las sillas al fresco, botijo y guitarra. Y punto, pelota. 

Por cierto, que un catalán al que apodaban Xenius y que aconsejó mucho a Franco, sostenía que todos los problemas de España se solucionarían de una vez por todas si se tirase lloviendo sin parar durante quince años. No sé qué decir al respecto. A mí con tal de que aquí llueva como solía me conformo. Quince días de agosto como hoy, tres o cuatro años seguidos, y ya solo vendrán los ricos... que es gente que no suele molestar.   

lunes, 31 de julio de 2023

Guifré el Pilós

Es evidente, de toda evidencia, que hay una epidemia de gastroenteritis perruna en el barrio. Todos los indicios apuntan hacia ello. Por un lado, les debe doler la tripita y por eso no paran de ladrar. Y, por otro, la calle da muestras irrefutables: sus familiares tratan de recoger con la mejor voluntad la líquida mercancía y, para mayor eficacia del rebañe, extienden los dedos y, así, al final lo que queda es como cuando no recuerdo quién le paso a Guifré el Pilós la mano extendida por el pecho ensangrentado consiguiendo con ello dar una identidad inmarcesible a la nación catalana. Ya saben, los cuatro dedos, las cuatro barras. Ya digo, il va de soi.  

Por lo demás parece que ya se terminaron las apestosas fiestas dentro de la fiesta. Anoche escuchamos la traca final que duro su buen cuarto de hora. Sin duda es interesantísimo lo de los fuegos artificiales y, además, ¡que caray!, hay empresas que tienen ese cometido y no hay que dejarlas quebrar. Estas fiestas dentro de la fiesta que no cesa son un nicho de negocio que justifica con creces la molestia. Ayer paseaba por la alameda primera y pude ver todas esas casetas que han colocado con tal motivo rebosantes de pinchos que al parecer a nadie le habían interesado. Allí estaban a merced de los elementos a la espera de ser arrojados al contenedor de basura. Te atravesaba el alma verlo. ¡Tanta hambre en el mundo...! Por lo menos eso es lo que dicen los anuncios que indefectiblemente aparecen en la pantalla cuando estoy viendo las películas del oeste. ¡Una limosna, por el amor de Dios! ¡Ay, si los pedigüeños conociesen esa maravillosa composición de Barrios Mangore! Otro gallo cantara. 

Pero bueno, a lo que iba, que es imposible de toda  imposibilidad que a la gente le quepa un pincho más en la barriga. Tendrían que aprender a trocar al trascantón, al estilo Guzmán de Alfarache, para poder embaular tanta mercancía como se exhibe por alamedas y plazas. Y luego, ya, que tenemos a media población rozando la morbosidad obesa. En fin, cosas de la política que, como ya se habrán dado cuenta, es el arte de tener a la gente entretenida ganando en morbosidad y pintando señeras -las cuatro barras- en el suelo. 

Me voy a la compra.  

domingo, 30 de julio de 2023

Soledad

En verano, por fas o por nefas, siempre termino por deprimirme un poquito. Entonces, en vez de las cinco o seis horas de sueño que constituyen mi normalidad vengo a caer en las siete, ocho e, incluso, más, de las que emerjo con un sentimiento de vergüenza producido por la acumulación de recuerdos nefastos en referencia a los episodios más detestables de mi vida. La vida es así; todo el mundo, supongo, tiene mucho de lo que avergonzarse, pero, la conciencia de ello, afortunadamente, suele dormir en las profundidades del tejido neuronal. Lo que no sé es si a todo el mundo le pasará como a mí, que episodios veraniegos, o de cualquier otra estación, tienen el poder de arrancar de las profundidades esos recuerdos y sacarlos a la superficie. Supongo que sí, porque, todo lo que deprime pone en carne viva la conciencia, o sea, en una posición de objetividad insoportable. 

Al respecto, siempre me viene a la memoria aquel libro de Castilla del Pino en el que analizaba las historias clínicas de un par de pacientes depresivos. Venía a decir que hay que estar muy fuerte para no derrumbarse ante tal torrente de objetividad. Porque es que, es eso, que la realidad sin los adornos de la ilusión, que es lo que ve el depresivo, no hay dios que la soporte. 

Y así es que veo a la gente a mi alrededor aguantando el tipo como si aquí no hubiese pasado nada. Estos tres últimos años de histeria colectiva encubierta que han llevado a mucha gente, la inmensa mayoría, a cometer torpezas de las que, por mucho que se las disimule, no se las puede sacar uno de la cabeza. Y, para colmo, tienen que soportar la información que se escapa por las grietas que toda censura oficial tiene. Porque la verdad es tozuda y siempre acaba por ponerse en primer plano. 

En fin, ya digo, por fas o por nefas, siempre que aumentan mis contactos con el género humano acabo con un a modo de depresión que me aviva los malos recuerdos, los que producen vergüenza, los que te desapegan de la vida. Que no por otra cosa debía ser que Thoreau dijera que nunca había encontrado otra compañera tan fiable como la soledad.   

sábado, 29 de julio de 2023

Ceporrismo

La constante más visible de la historia de la humanidad es la inevitabilidad de la guerra. Allí donde hay un ambicioso poco inteligente surge como por ensalmo la guerra. Porque si es inteligente se puede sentar a estudiar para colmar sus ambiciones de manera pacífica, pero, ¡ay si es un ceporro!, entonces tirará por la calle del medio y la vida de los otros cuenta lo mismo que la de las vacas para hacer hamburguesas macdonals: un simple instrumento. 

Y ahí es donde está el quid de la cuestión, que, por lo general, la naturaleza reparte entre los humanos la inteligencia y la ambición en relaciones inversamente proporcionales, es decir, que, a más de una, menos de la otra. 

Sigo con cierto interés y mucha aprensión lo que está pasando en Ucrania. Lo mismo que a los putos catalanes, que les ha dado por no querer ser lo que fueron siempre, parece que les pasa a algunos ucranianos. Pero es que, además, no solo quieren dejar de ser españoles o rusos, no, su ceporrismo les lleva a querer imponer a todo el que vive alrededor de ellos su misma visión de la jugada. Y no se paran en mientes: si hay que matar para conseguirlo, se mata... ya sea físicamente, como en Ucrania, o civilmente, como en Cataluña. 

¿Y qué puedes hacer ante eso? Nada. Que yo sepa nunca nadie curó su ceporrismo. Como dicen los gitanos, lo nuestro es genético. Lo que pasa es que la genética de los gitanos, desgraciadamente, no se desparrama por el mundo: sería el fin de todos los problemas. Pero la de los ceporros corre como un reguero de pólvora. Lo mismo que la guerra, que es que huelen una y ya están todos los ceporros del mundo a ver que pueden sacar de ella. Porque de las guerras se saca. Y mucho. Unos porque venden más. Otros porque heredan. Otros porque miran con codicia la reconstrucción de lo destruido. Otros porque satisfacen sus instintos más bajos. El caso es que hay muchos, demasiados, beneficiados. Y los muertos, en cuatro días no son más que un monumento a los héroes de la patria. 

Ya digo, miro con mucha aprensión lo de Ucrania. Porque eso sí que se puede convertir en una pandemia de las de verdad. Una pandemia de ceporrismo, bien sure. 

viernes, 28 de julio de 2023

Nostalgia

Hace entre cuarenta y cincuenta años un amigo de amigos al que había prestado algún servicio me llevó a comer a su casa con su familia. Eran bastantes hermanos, algunos casados, todos alrededor del patriarca como si de una escena bíblica se tratase. Estábamos todos sentados en una mesa alargada en el centro de una gran sala que estaba situada encima de las tolvas de un molino de agua que seguía funcionando a pleno rendimiento. Recuerdo que comimos un salmón de los que quedaban retenidos por la presa del molino y que todos aquellos hermanos se entretenían pescándolos. De hecho, tenían allí un frigorífico enorme lleno de salmones que según me dijeron iban comiendo en las conmemoraciones. Todo ello fue un episodio tan singular que guardo una memoria bastante nítida de él. Pues bien, ayer por circunstancias de la vida volví al lugar de autos con el mismo personaje y sus amigos que son mis amigos. Ahora aquello es un complejo turísticohostelero de lo más lujoso y, por qué no decirlo, un poco remilgado. Lo llaman el Paraíso del Pas, o algo así, y desde luego que el lugar hace honor al nombre. Por lo demás, comí espléndidamente. Luego el amigo de mis amigos, que es mi amigo, y que, a causa de su profesión, supongo, llevaba una camiseta con la imagen de Edipo viéndoselas con la Esfinge, me estuvo enseñando todo lo que las nuevas instalaciones han respetado del antiguo molino. Y, desde luego que con lo que queda y una buena explicación te puedes hacer una idea bastante exacta de lo que eran aquellos ingenios que precedieron a la revolución industrial. 

Pero, a lo que quería llegar es a cuando en la vida, a nada que te descuides, se lo lleva todo la nostalgia. Vives, ya, de lo que viviste, lo cual que, como que viene a ser estar haciendo cola en lo de Caronte. Los amagos de nuevas experiencias acaban siempre siendo recuerdos de las antiguas. Al final acabas hablando de cuando viste al Zurdo de Bielva meter nueve emboques en una partida de bolos. Conversaciones, en fin, para entretener la espera. 

Había sido un día intenso. Luego, ya en la cama, me costó mucho más de lo habitual coger el sueño. Y es que a uno ya no le queda elasticidad. Cualquier pequeño estiramiento, te rompe. Es ley de vida. Lo cual no es óbice, ni cortapisa tampoco, para que conserve la suficiente voluntad para enfrascarme en la conquista de Libertango. Después de habérsela oído tocar al acordeón a Ksenija Sidorova bajo el arco de triunfo de Moncloa, con aquellas pintadas denunciando la plandemia del miedo... no sé, pero para mí que era lo más parecido a una diosa griega despejando las brumas de la sumisión que señorean el mundo. Libertango, las mejores versiones a guitarra que he encontrado son rusas. Un antídoto, en todo caso, de la nostalgia que amenaza con llevarse por delante lo poco que me queda. 

miércoles, 26 de julio de 2023

Thoreau

El mundo, es decir, lo que hemos dado en llamar los humanos, sigue en sus trece. Trece, ya saben, si me la tocas me crece. Es todo de chiste. Me recuerda a los hormigueros. Thoreau nos relata en Walden como se pasaba las horas muertas contemplando a las hormigas. Y es que hay muy pocas diferencias entre un hormiguero en medio del bosque y una calle en New York. Lo que hacen las hormigas en uno y lo que hacen los hombres en lo otro viene a ser exactamente lo mismo. Van de aquí para allá para asegurarse el condumio y de paso, todos juntos. van ampliando la infraestructura. Tu dejas un hormiguero a su libre determinación y en tres patadas ha creado una infraestructura que ríete tú de la que están construyendo ahora los chinos en su país. Me maravilla. ¿Qué pensarán esas gentes, o esas hormigas, que es la vida? A juzgar por los hechos, se diría que viven convencidos de que esto es para siempre. Quizá sea que el instinto de supervivencia es más de la especie que del individuo. Y ese instinto nos lleva a pensar que nada mejor que agrandar la infraestructura para garantizar esa supervivencia. Y puede que tenga sentido. Yo desde luego no se lo veo. He vivido ya tantos años que tengo alguna perspectiva de todo esto. Y, desde luego, no veo yo que la gente viva hoy ni más segura ni más feliz que cuando era niño. Esos sentimientos son tan subjetivos que es inútil todo intento de cambiarlos desde afuera. En estando alimentados, los humanos, como los demás animales, poco tienen que rascar que no sea pensar en el fornicio. Todo lo demás que hacen no es más que un vano intento de olvidarse de esa obsesión. Y ahí es donde reside el quid de la cuestión, en todo lo demás. ¿Es que no podríamos ser un poco más elegantes, o inteligentes, cuando elegimos nuestras formas de evasión? Pues parece ser que no. Actuamos como si estuviésemos convencidos de que cuanta más infraestructura poseamos más felices seremos. Y luego viene Thoreau y te dice que la felicidad está en relación con las cosas que puedes desechar. 

En resumidas cuentas, que entre lo que veo ahora y lo que me cuenta Heródoto no noto otra diferencia que lo que se ha ganado en monotonía y homogeneidad, es decir, en aburrimiento. Todo eso que llaman progreso no ha consistido en otra cosa que en abreviar el camino para llegar a la meta. Autopistas para todo. ¿Es que puede haber algo más triste que circular por una autopista? ¡Ah, sí, ya sé, estar en muchos sitios en muy poco tiempo! ¿Piensas ustedes que eso merece la pena? No me convence. Me quedo con Thoreau. Y desobedezco todo lo que puedo. 

martes, 25 de julio de 2023

Ruiseñores

Como les iba diciendo: Yo había visto demasiadas cosas nada claras para sentirme contento. Sabía demasiado y no sabía bastante. 

Me he pasado la vida intentando entender lo que me rodeaba. He leído miles de libros. E ido de aquí para allá en una incesante búsqueda de mi sitio en el mundo. He tratado a miles de personas la mayoría de las cuales, por razones que desconozco, convertí en cadáveres que fui arrojando a las cunetas del camino. Y mil historias más por el estilo que me han dejado exactamente en el mismo lugar en el que comencé. Ya lo dijo el sabio: la experiencia nada enseña. 

Mi presente es un puro desistimiento. No tengo ya más filosofía que la del que sea lo que Dios quiera. Porque lo que quieren los hombres nunca se llega a cumplir. Todo se queda en filfa. A la postre, con todos nuestros esfuerzos no hemos conseguido superar el canto de aquellos ruiseñores que escuchaba en las noches estrelladas de la Serralada Central catalana. 

Sí, ese es el único intento humano al que veo sentido: intentar imitar a los ruiseñores. Pasarse la vida con una guitarra en las manos y allá cuidados. Todo lo demás está condenado al fracaso y la frustración. Afortunadamente, siempre hubo, hay y habrá, bastante gente que cae en la cuenta... da con el portillo del caer en la cuenta y salta por él, como decía Gracián. 

Libertango, Oblivion, Alma Zapoteca, Movimiento Perpétuo, Tico-tico, El Choclo, La Catedral, Scherzino Mexicano, Un Dia de Noviembre, Cavatina, Asturias, Recuerdos de la Alhambra... ¡qué más quieren que les diga!


lunes, 24 de julio de 2023

Robinson

Ayer, en evitación de mayores males, apenas me moví de casa. Y eso, a pesar de sentirme bastante inmunizado respecto de la chabacanería ambiental que por estas fechas alcanza su pico si es que eso es posible dadas las alturas por las que se suele mover en el trance cotidiano. En fin, ya lo dijo el clásico hace miles de años, que el abuso del ocio inevitablemente conduce a la chabacanería que es algo así como un retroceso en la escala filogenética. Que de ahí supongo nos viene la facilidad con la convivimos con los animales y sus mierdas, que es que vas por la calle y casi todo el mundo va en animada conversación con su chucho. ¡Y hay que ver lo bien que se entienden! Lo hiciéramos igual entre nosotros, las personas, y se habrían acabado los problemas. En cualquier caso, yo no tengo empatía para la cosa y así es que me quedo en casa o me jodo de envidia. 

Y en el entretanto, aquí estoy, con mis cosas. Tratando de niquelar, como les decía, el Movimiento Perpetuo de Uvalle. Es una partitura que como que pide ir pisando el acelerador. Al final es como si te fuese a explotar la cabeza. En fin, todavía tengo que darle unos cuantos repasos más para perfeccionar en lo posible el niquelado, aunque sé que, en el mejor de los casos, el movimiento perpetuo siempre se queda a las puertas de su logro. Recuerdo al respecto unos ingenios que fui a visitar con Fede en un pueblo de Orense, por donde la laguna de Antela; eran unas máquinas de madera con miles de engranajes que había construido un chalado que aspiraba a la inmortalidad. De inmediato se convirtió en un icono para mí que me ha acompañado toda la vida... porque, qué mierda sería esto si no aspirásemos a lo imposible. 

Por lo demás, sigo con el viaje al fondo de la noche. No cabe duda de que el viaje, todo viaje, es una forma de evasión que inevitablemente le conduce a uno a toparse con su yo más controvertido:

"Podía ver lo que ocurría en algunas de ellas. Eran matrimonios que iban a acostarse. Los americanos, después de las horas verticales parecían tan decaídos como nosotros. Las mujeres tenían los muslos muy gruesos y muy pálidos, al menos las que pude ver.

La mayoría de los hombres se afeitaban antes de acostarse y fumando al mismo tiempo. 

Una vez en la cama se quitaban primero las lentes, luego la dentadura postiza, que metían dentro de un vaso, colocándolo todo muy en evidencia. No parecían hablar entre ellos, ambos sexos, exactamente igual que en la calle. Hubiérase dicho grandes animales muy dóciles, perfectamente acostumbrados a aburrirse. En todo solo pude ver a dos parejas que con la luz encendida hacían lo que yo esperaba, y sin gran pasión. Las otras mujeres comían bombones en la cama mientras esperaban que el marido acabase de asearse. Y luego todo el mundo apagó la luz.

Es triste ver gente en el momento de acostarse; puede uno darse cuenta de que les importa un bledo que las cosas vayan del modo que sea, bien claro se ve que no tratan de comprender el por qué estamos aquí. Les da igual. Duermen de cualquier modo, son unos parásitos, unas ostras, sin ninguna susceptibilidad. Americanos o no. Siempre tienen la conciencia tranquila. 

Yo había visto demasiadas cosas nada claras para sentirme contento. Sabía demasiado y no sabía bastante. Hay que salir, me dije, salir otra vez. Quizá encuentres a Robinson."

domingo, 23 de julio de 2023

Movimiento Perpetuo

Hoy es un día en el que la gente puede cambiar al padrino de la mafia estatal. Es para eso para lo que montan todo este circo de las elecciones. Nos quieren convencer de que estamos eligiendo. En el caso de hoy, entre uno que nos encerró tres meses en casa y nos hizo llevar mascarillas saltándose a la torera, no solo la más elemental lógica científica, sino, también, nuestras leyes más sagradas, y otro que quería meter en la cárcel a los que no pasasen por el aro de la inoculación ponzoñosa. ¡Menudo par de prendas!

La sangrante realidad es que, salga quien salga elegido, la mafia seguirá intacta. Intacta y, por lógica mafiosa acrecentando su poder. Aunque es tanto el que tiene ya que por ley matemática la curva de su crecimiento ha llegado a su fase plana. ¿Qué más nos pueden controlar? 

El poder, se revista de los ropajes que se revista, siempre fue y será mafioso. Su obsesión es perpetuarse y para ello no le queda otra solución que apoderarse de las mentes de cuanta más gente mejor. Y siempre por el mismo procedimiento: difundiendo el miedo. La invención de los púlpitos no tuvo otra finalidad. ¡Os vais a condenar! Estuvieron gritando desde ellos durante siglos. Ahora, ya, directamente, amenazan con la muerte. ¡Un virus! Y no falla. Todo lo que se dice desde un púlpito viene directamente de Dios. 

La cosa no tiene la menor solución. Se ensayen todos los procedimientos que se ensayen de organización social siempre se llegará al padrino y sus sicarios. Es la consecuencia de nuestra condición animal. En todas las especies hay un jefe de manada que es el que, si le apetece, desflora, a las doncellas. Y los demás, a mirar y callar. 

En cualquier caso, podemos vivir con la ilusión de que nos estamos revelando. Incluso nos podemos asociar con los ilusos para fundar una plataforma que promocione el gran despertar. The Great Awakening en inglés, que parece que así se va a llegar más lejos. Inútil de toda inutilidad: de la mano de quienquiera que sea no se llega a ningún lado que no sea a más controles sobre tu vida. No, miren ustedes, mejor agarren la guitarra, que esa nunca engaña, y pónganse con el Movimiento Perpetuo, del mi menor al mayor y vuelta a empezar, de Uvalle, el mismo que ayer les decía del aire zandungo de Oaxaca... en fin, que ahí me las den todas y a votar que vaya su puta madre. 

 


sábado, 22 de julio de 2023

Redundancia

Uno tiende a pensar que más es imposible, pero, de pronto, suenan los clarines y uno se percata de que todavía quedaba hueco por llenar. Ayer comenzó en la ciudad lo que llaman fiestas. Se veía por ahí a la gente con un pañuelo azul al cuello que por lo visto es el signo distintivo de la cosa. Decir fiestas es una absoluta redundancia. Porque a nadie con dos dedos se le puede escapar que son fiestas en la fiesta que no cesa. Ahora, ya, nadie puede escapar. También en esos espacios por los que intentabas pasear entre el gentío ansioso han puesto casetas por donde es casi imposible pasar sin llevarse un pintxo -porque cada vez somos más vascos- por delante. Y eso, por no hablar del ruido, así, en plan valenciano para no ser menos que nadie. Así que, ayer, a las siete de la tarde, maxcletada al canto. Es una cosa muy interesante que como que hace identidad... la nostra identitat, para que nos entendamos, esa entelequia que adormece a los incapaces de ser cualquier cosa que sea por sí mismos.

De todas formas, en este barrio ya tuvimos nuestro lote de redundancia la semana pasada. Así que ahora quizá sea el único oasis de bendito aburrimiento de la ciudad. Con el frescor de la mañana me siento en un banco frente a la lonja, con la centelleante dársena por medio, a seguir con lo de Casanova que es que el tío parece el Gallo de la Pasión. Y es que siempre, en toda época y lugar, hubo individuos con una especie de magnetismo para el sexo contrario. Es como si las mujeres al ver a un tipo de esos tienen que salir corriendo a cambiarse de bragas. Parece un chiste, pero les puedo asegurar que no lo es en absoluto; más bien es pura biología. En fin, sea como sea, cuando me canso de leer doy una vuelta, compro algo para comer y vuelvo a casa a retomar mis asuntos. Ando ahora tratando de niquelar la partitura de Alma Zapoteca de un tal Uvalle. Tiene un aire zandungo que talmente te trasporta a Oaxaca. ¡Ay, México lindo! El único lugar del mundo que me da algo de pena no haber conocido. Más que nada por la música. Pero a lo que iba, que, luego, cuando cae la noche, voy a pasear por el muelle al norte de la dársena. Hay unos cuantos pescadores somnolientos y el típico grupito que simula que sus perros son niños... no hacen daño a nadie que no sea a sí mismos, pero a ver quién es el que está libre de pulsiones autodestructivas. Yo paso de largo absorto en mis pensamientos y voy a sentarme en cualquier banco solitario en donde me demoro contemplando el rielar multicolor de las luces. Nadie diría, desde luego, que mil metros más allá la ciudad bulle de expectativas de placer... que por la propia naturaleza de las cosas están condenadas a verse frustradas. Ley de vida, que le dicen.

Y así hasta que Dios quiera.  

viernes, 21 de julio de 2023

Agüeros y hechicerías

Casanova ha ido a Ginebra con la finalidad de entrevistarse con Voltaire que, a la sazón, era considerado poco menos que un Dios. La descripción de esas entrevistas es un despliegue de ingenio por parte de uno y otro que te deja boquiabierto. Ingenio y también unos conocimientos que han tenido que exigir millones de horas de estudio, lo cual, en Voltaire, no me meto porque no sé de su vida, pero Casanova, con todas las peripecias que nos cuenta no se explica uno de dónde sacaba tiempo. El caso es que los mismos días en los que come y conversa con Voltaire se tira toda la mañana con las "tres gracias" que le ha proporcionado un síndico. Son tres niñas bien, con una educación exquisita, cuyos padres han venido a menos. Casanova desayuna con ellas y después juega a los médicos. Les introduce bolitas de oro impregnadas de una solución alcalina en lo más hondo de la vagina, pegado al cuello del útero, para que no queden preñadas. Según él, las niñas se lo pasan pipa. Uno tiende a pensar que después de tan titánicos despliegues la cabeza tiene que quedar para cualquier cosa menos para discutir con la mayor eminencia de la época sobre la métrica alejandrina en los diferentes idiomas. O para recitar los pasajes más sobresalientes del Orlando de Ariosto. En cualquier caso, es sorprendente el retrato que nos hace de la sociedad suiza de la época. Es como si estuviesen a años luz del resto del mundo, excepción hecha de Holanda a la que también la describe como un sitio excepcional. Dos lugares donde prima sin ambages la razón sobre los sentimientos. A buen seguro que en ello algo tiene que ver el calvinismo. 

Por cierto, que, al respecto, una de las partes más sabrosas de las discusiones es la que se refiere a la superstición. Voltaire dice poco menos que su misión en el mundo es luchar contra la superstición, o sea, como Calviño, que se cargó el solo a más mujeres acusadas de brujería que toda la Inquisición junta. Casanova le contesta que eso es una tontería. Que suprimir la superstición es de todo punto imposible. Lo más que se puede conseguir, le dice, es cambiar una superstición por otra, lo cual, para mí, no hace sino demostrar la superioridad intelectual de Casanova sobre Voltaire, representante donde los haya de eso que se dio en llamar "las luces". El siglo de las luces, como luego se dijo. ¡Menuda quimera más tonta! 

Y hablando de razón y superchería me parece muy interesante lo que va contando Heródoto acerca de los usos y costumbres de las diferentes tribus que poblaban el mundo que él recorrió. O que le contaron. Y como es natural entre esos usos y costumbres juega un papel primordial el sexo. sobre todo por la parte de lo que hoy es Libia y Argelia nos cuenta anécdotas de lo más sabrosas. Lo de que todas se acuesten con todos ya nos lo había contado de pueblos por la parte del Caspio, pero en estos del norte de África la cosa va más allá. Cuando una mujer tiene un hijo, a los tres meses se reúnen alrededor de él todos los que han tenido relaciones con la madre para decidir a cuál de ellos se parece más la criatura que es al que se le asignará el papel de padre. En algunas tribus las mujeres se colocan un colgante en los tobillos por cada tío que se han tirado. La que más colgantes lleva es la de más prestigio del lugar. En otras tribus, cuando una mujer se casa se pasa toda la noche acostándose con todos los invitados que, a cambio, la tienen que hacer un regalo. Luego por la mañana se va con todo el botín a cuestas a yacer con el marido. Por otro lado, donde hay casamientos colectivos, el rey tiene el privilegio de desflorar a las novias que le parezcan más apetitosas. Y así, hasta cansar.  

Así es que el tabú del sexo siempre ha tenido sus matices. Y ahí es donde entra en juego la dicotomía razón/sentimientos, por no hablar de razón/superstición. Porque esa es la cuestión, que los sentimientos a lo mejor no son más que superstición. O agüeros y hechicerías, como los llamaba el padre Astete. En fin. 

jueves, 20 de julio de 2023

Humareda

Los escasos conocidos con los me encuentro, aquí en el barrio, indefectible me dicen que el domingo hay que ir a votar. Pienso que algo hemos mejorado, porque hace un par de años o así te decían que había que ir a vacunarse. Yo, con lo de la vacuna, me callaba porque aquello tenía tintes muy siniestros, pero respecto a lo de votar les digo que si me ven cara de haberme caído de un guindo. Porque de no haberte caído es difícil que puedas estar tan atontado como para creerte este circo. Escoger entre Pedro Sánchez, un guaperas sin luces, o ese gallego que quería meter en la cárcel a los que se resistían a lo de la vacuna.  La verdad es que no veo motivos para que no se me dé una higa que gane el uno o el otro. De hecho, ni siquiera cuando pasamos de aquello que llamábamos dictadura a esto que dicen es democracia noté cambios significativos en el cotidiano transcurrir de las cosas. Quizá, lo único, que las mafias que ostentan el poder se han sofisticado un poco para mejor camuflarse. Por lo demás, en ellas estaban, y en ellas están, lo peor de cada casa. Lo que no sirve para desenvolverse por sus propios medios y busca el amparo de la estructura para sobrevivir. En el fondo, más que nada, dan pena. 

Lo que para mi cuenta en estos momentos o, para decirlo más propiamente, lo que ayuda a mi entretenimiento, es la nube mental que, como les decía el otro día, está descargando su rayo sosegado. Y, poco a poco, va infiltrando todas las capas de la sociedad. Y cada vez se hace más evidente que, al final habrá que levantar cadalsos en las plazas públicas para apaciguar las indignaciones que van subiendo como la espuma a medida que la realidad se abre paso entre la humareda de la verdad manipulada. Conviene recordar al respecto las conversaciones entre el papa Urbano VIII y Galileo: el papa quería convencer a Galileo de que una cosa es la verdad y otra la realidad. Y Galileo le contestaba que eso es así solo para los vendedores de humo. Al final, Galileo, que entendió perfectamente con quién se las estaba jugando, le dijo al papa que para ti la perra gorda. Pero cuando salía por la puerta de la cárcel en la que había estado encerrado iba diciendo por lo bajini que la verdad y la realidad son una y la misma cosa. El humo fuera y sus vendedores al cadalso. Como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad. 

La verdad que se está abriendo paso entre la humareda provocada por los mafiosos es que todos los años se raptan dos millones de niños para satisfacer la demanda de placer de, precisamente, los más sobresalientes fabricantes de humo. Están tan acostumbrados a que queden impunes sus fechorías que cada día que pasa monten d´un cran sus repugnantes caprichos. Para ellos nunca están suficientemente prietos los culitos y así es que bajan y bajan la edad de la carne por donde la quieren meter. Y claro, como los destrozan en cuatro días, y por otra parte están tan concienciados con lo del reciclaje, los despiezan para venderlos en el mercado de órganos. Por así decirlo, están a todas.

En fin, ya saben, ahora toca decir que todo es conspiranoia. Conspiranoia, extrema derecha, negacionistas... el surtido de insultos aumenta en la misma proporción en la que la verdad va saliendo a la luz. Pero, claro, mientras la vida siga girando alrededor de los bares... tendremos humareda para rato.

miércoles, 19 de julio de 2023

La puerta de salida

Según asegura Gracián, que no es precisamente un cualquiera, los viejos, no solo pueden, sino que deben decir lo que piensan por aquello de que por la lógica de la experiencia acumulada son los que menos se equivocan. Esto, por supuesto, es más que discutible, porque, de entrada, presupone que los jóvenes están educados para respetar a los viejos, lo que, en los tiempos actuales, al menos, no pasa de ser una quimera. Los viejos, hoy día, se diría que apestan y, desde luego, si alguien por casualidad se hace a un lado para dejarles pasar, es evidente que lo hace a regañadientes. Y es que, claro, somos tantos... 

Estaban ahí unos cuantos, algunos con su tacatá, en el banco que hay frente a Lupa. Entonces una, que parecía la más pizpireta, al ver llegar a otro con tacatá, dijo: ahora podéis, echar carreras. Ni que decir tiene que, tal y como están las aceras a esas horas, los viejos con tacatá, por más que tengan derecho a ir por ellas, si la vida les hubiese enseñado algo, no lo harían. 

Y ya no te digo nada las lindezas que se ven obligados a escuchar los viejos cascarrabias. De, muérete de una puta vez, para arriba, lo que quieras. Déjale, si solo le queda un cuarto de hora, le dijo la novia al novio sulfurado porque un viejo le había dicho educadamente que hiciese el favor de sujetar a su perro. Para hacerse una idea de cómo está la cosa no hay más que ver el entusiasmo con el que acogieron las masas el genocidio de viejos que llevaron a cabo las autoridades al comienzo de lo que se dio en llamar pandemia. En realidad, cualquiera que sepa un poco de analizar datos estadísticos podrá darse cuenta de que la tal pandemia no fue más que un montaje para matar viejos. Imagínense la cantidad de gente que heredó y, si no, al menos, dejó de pagar las abultadas minutas de las residencias. ¡Cómo para protestar! 

Uno, a D. G, no necesita tacatá, pero es consciente de lo que hay. Cuando menos me deje ver por ahí a las horas punta y en los lugares calientes, mejor que mejor. No se me ha perdido nada en tales lugares y tesituras. Voy a la compra a primera hora y busco las calles solitarias de los polígonos para pasear. Siempre encuentro un banco en un lugar tranquilo para sentarme a descansar un rato. Y, por lo demás, procuro salir de casa con los deberes hechos para no tener que entrar a repostar en cualquier chiringuito del camino. Y la verdad es que no echo a faltar nada. Más bien siento como si hubiese descubierto un tesoro. 

Y así hasta que uno decida tomar la puerta de salida... si es que antes los dioses no me empujan.