lunes, 24 de julio de 2023

Robinson

Ayer, en evitación de mayores males, apenas me moví de casa. Y eso, a pesar de sentirme bastante inmunizado respecto de la chabacanería ambiental que por estas fechas alcanza su pico si es que eso es posible dadas las alturas por las que se suele mover en el trance cotidiano. En fin, ya lo dijo el clásico hace miles de años, que el abuso del ocio inevitablemente conduce a la chabacanería que es algo así como un retroceso en la escala filogenética. Que de ahí supongo nos viene la facilidad con la convivimos con los animales y sus mierdas, que es que vas por la calle y casi todo el mundo va en animada conversación con su chucho. ¡Y hay que ver lo bien que se entienden! Lo hiciéramos igual entre nosotros, las personas, y se habrían acabado los problemas. En cualquier caso, yo no tengo empatía para la cosa y así es que me quedo en casa o me jodo de envidia. 

Y en el entretanto, aquí estoy, con mis cosas. Tratando de niquelar, como les decía, el Movimiento Perpetuo de Uvalle. Es una partitura que como que pide ir pisando el acelerador. Al final es como si te fuese a explotar la cabeza. En fin, todavía tengo que darle unos cuantos repasos más para perfeccionar en lo posible el niquelado, aunque sé que, en el mejor de los casos, el movimiento perpetuo siempre se queda a las puertas de su logro. Recuerdo al respecto unos ingenios que fui a visitar con Fede en un pueblo de Orense, por donde la laguna de Antela; eran unas máquinas de madera con miles de engranajes que había construido un chalado que aspiraba a la inmortalidad. De inmediato se convirtió en un icono para mí que me ha acompañado toda la vida... porque, qué mierda sería esto si no aspirásemos a lo imposible. 

Por lo demás, sigo con el viaje al fondo de la noche. No cabe duda de que el viaje, todo viaje, es una forma de evasión que inevitablemente le conduce a uno a toparse con su yo más controvertido:

"Podía ver lo que ocurría en algunas de ellas. Eran matrimonios que iban a acostarse. Los americanos, después de las horas verticales parecían tan decaídos como nosotros. Las mujeres tenían los muslos muy gruesos y muy pálidos, al menos las que pude ver.

La mayoría de los hombres se afeitaban antes de acostarse y fumando al mismo tiempo. 

Una vez en la cama se quitaban primero las lentes, luego la dentadura postiza, que metían dentro de un vaso, colocándolo todo muy en evidencia. No parecían hablar entre ellos, ambos sexos, exactamente igual que en la calle. Hubiérase dicho grandes animales muy dóciles, perfectamente acostumbrados a aburrirse. En todo solo pude ver a dos parejas que con la luz encendida hacían lo que yo esperaba, y sin gran pasión. Las otras mujeres comían bombones en la cama mientras esperaban que el marido acabase de asearse. Y luego todo el mundo apagó la luz.

Es triste ver gente en el momento de acostarse; puede uno darse cuenta de que les importa un bledo que las cosas vayan del modo que sea, bien claro se ve que no tratan de comprender el por qué estamos aquí. Les da igual. Duermen de cualquier modo, son unos parásitos, unas ostras, sin ninguna susceptibilidad. Americanos o no. Siempre tienen la conciencia tranquila. 

Yo había visto demasiadas cosas nada claras para sentirme contento. Sabía demasiado y no sabía bastante. Hay que salir, me dije, salir otra vez. Quizá encuentres a Robinson."

2 comentarios:

  1. Siempre nos queda Luis Ferdinando...

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  2. Pues sí, en medio de la locura y el delirio hay unos destellos de luz que deslumbran.

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