La constante más visible de la historia de la humanidad es la inevitabilidad de la guerra. Allí donde hay un ambicioso poco inteligente surge como por ensalmo la guerra. Porque si es inteligente se puede sentar a estudiar para colmar sus ambiciones de manera pacífica, pero, ¡ay si es un ceporro!, entonces tirará por la calle del medio y la vida de los otros cuenta lo mismo que la de las vacas para hacer hamburguesas macdonals: un simple instrumento.
Y ahí es donde está el quid de la cuestión, que, por lo general, la naturaleza reparte entre los humanos la inteligencia y la ambición en relaciones inversamente proporcionales, es decir, que, a más de una, menos de la otra.
Sigo con cierto interés y mucha aprensión lo que está pasando en Ucrania. Lo mismo que a los putos catalanes, que les ha dado por no querer ser lo que fueron siempre, parece que les pasa a algunos ucranianos. Pero es que, además, no solo quieren dejar de ser españoles o rusos, no, su ceporrismo les lleva a querer imponer a todo el que vive alrededor de ellos su misma visión de la jugada. Y no se paran en mientes: si hay que matar para conseguirlo, se mata... ya sea físicamente, como en Ucrania, o civilmente, como en Cataluña.
¿Y qué puedes hacer ante eso? Nada. Que yo sepa nunca nadie curó su ceporrismo. Como dicen los gitanos, lo nuestro es genético. Lo que pasa es que la genética de los gitanos, desgraciadamente, no se desparrama por el mundo: sería el fin de todos los problemas. Pero la de los ceporros corre como un reguero de pólvora. Lo mismo que la guerra, que es que huelen una y ya están todos los ceporros del mundo a ver que pueden sacar de ella. Porque de las guerras se saca. Y mucho. Unos porque venden más. Otros porque heredan. Otros porque miran con codicia la reconstrucción de lo destruido. Otros porque satisfacen sus instintos más bajos. El caso es que hay muchos, demasiados, beneficiados. Y los muertos, en cuatro días no son más que un monumento a los héroes de la patria.
Ya digo, miro con mucha aprensión lo de Ucrania. Porque eso sí que se puede convertir en una pandemia de las de verdad. Una pandemia de ceporrismo, bien sure.
Ceporros y cenutrios ,hailos, y a montones. Yo hay días que veo estos especímenes. Como me decía mi padre, en mis tiempos de punki, "Ni sienten ni padecen".
ResponderEliminarNi sienten ni padecen, solo se refocilan dando pol saco.
ResponderEliminar