Según asegura Gracián, que no es precisamente un cualquiera, los viejos, no solo pueden, sino que deben decir lo que piensan por aquello de que por la lógica de la experiencia acumulada son los que menos se equivocan. Esto, por supuesto, es más que discutible, porque, de entrada, presupone que los jóvenes están educados para respetar a los viejos, lo que, en los tiempos actuales, al menos, no pasa de ser una quimera. Los viejos, hoy día, se diría que apestan y, desde luego, si alguien por casualidad se hace a un lado para dejarles pasar, es evidente que lo hace a regañadientes. Y es que, claro, somos tantos...
Estaban ahí unos cuantos, algunos con su tacatá, en el banco que hay frente a Lupa. Entonces una, que parecía la más pizpireta, al ver llegar a otro con tacatá, dijo: ahora podéis, echar carreras. Ni que decir tiene que, tal y como están las aceras a esas horas, los viejos con tacatá, por más que tengan derecho a ir por ellas, si la vida les hubiese enseñado algo, no lo harían.
Y ya no te digo nada las lindezas que se ven obligados a escuchar los viejos cascarrabias. De, muérete de una puta vez, para arriba, lo que quieras. Déjale, si solo le queda un cuarto de hora, le dijo la novia al novio sulfurado porque un viejo le había dicho educadamente que hiciese el favor de sujetar a su perro. Para hacerse una idea de cómo está la cosa no hay más que ver el entusiasmo con el que acogieron las masas el genocidio de viejos que llevaron a cabo las autoridades al comienzo de lo que se dio en llamar pandemia. En realidad, cualquiera que sepa un poco de analizar datos estadísticos podrá darse cuenta de que la tal pandemia no fue más que un montaje para matar viejos. Imagínense la cantidad de gente que heredó y, si no, al menos, dejó de pagar las abultadas minutas de las residencias. ¡Cómo para protestar!
Uno, a D. G, no necesita tacatá, pero es consciente de lo que hay. Cuando menos me deje ver por ahí a las horas punta y en los lugares calientes, mejor que mejor. No se me ha perdido nada en tales lugares y tesituras. Voy a la compra a primera hora y busco las calles solitarias de los polígonos para pasear. Siempre encuentro un banco en un lugar tranquilo para sentarme a descansar un rato. Y, por lo demás, procuro salir de casa con los deberes hechos para no tener que entrar a repostar en cualquier chiringuito del camino. Y la verdad es que no echo a faltar nada. Más bien siento como si hubiese descubierto un tesoro.
Y así hasta que uno decida tomar la puerta de salida... si es que antes los dioses no me empujan.
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