Casanova ha ido a Ginebra con la finalidad de entrevistarse con Voltaire que, a la sazón, era considerado poco menos que un Dios. La descripción de esas entrevistas es un despliegue de ingenio por parte de uno y otro que te deja boquiabierto. Ingenio y también unos conocimientos que han tenido que exigir millones de horas de estudio, lo cual, en Voltaire, no me meto porque no sé de su vida, pero Casanova, con todas las peripecias que nos cuenta no se explica uno de dónde sacaba tiempo. El caso es que los mismos días en los que come y conversa con Voltaire se tira toda la mañana con las "tres gracias" que le ha proporcionado un síndico. Son tres niñas bien, con una educación exquisita, cuyos padres han venido a menos. Casanova desayuna con ellas y después juega a los médicos. Les introduce bolitas de oro impregnadas de una solución alcalina en lo más hondo de la vagina, pegado al cuello del útero, para que no queden preñadas. Según él, las niñas se lo pasan pipa. Uno tiende a pensar que después de tan titánicos despliegues la cabeza tiene que quedar para cualquier cosa menos para discutir con la mayor eminencia de la época sobre la métrica alejandrina en los diferentes idiomas. O para recitar los pasajes más sobresalientes del Orlando de Ariosto. En cualquier caso, es sorprendente el retrato que nos hace de la sociedad suiza de la época. Es como si estuviesen a años luz del resto del mundo, excepción hecha de Holanda a la que también la describe como un sitio excepcional. Dos lugares donde prima sin ambages la razón sobre los sentimientos. A buen seguro que en ello algo tiene que ver el calvinismo.
Por cierto, que, al respecto, una de las partes más sabrosas de las discusiones es la que se refiere a la superstición. Voltaire dice poco menos que su misión en el mundo es luchar contra la superstición, o sea, como Calviño, que se cargó el solo a más mujeres acusadas de brujería que toda la Inquisición junta. Casanova le contesta que eso es una tontería. Que suprimir la superstición es de todo punto imposible. Lo más que se puede conseguir, le dice, es cambiar una superstición por otra, lo cual, para mí, no hace sino demostrar la superioridad intelectual de Casanova sobre Voltaire, representante donde los haya de eso que se dio en llamar "las luces". El siglo de las luces, como luego se dijo. ¡Menuda quimera más tonta!
Y hablando de razón y superchería me parece muy interesante lo que va contando Heródoto acerca de los usos y costumbres de las diferentes tribus que poblaban el mundo que él recorrió. O que le contaron. Y como es natural entre esos usos y costumbres juega un papel primordial el sexo. sobre todo por la parte de lo que hoy es Libia y Argelia nos cuenta anécdotas de lo más sabrosas. Lo de que todas se acuesten con todos ya nos lo había contado de pueblos por la parte del Caspio, pero en estos del norte de África la cosa va más allá. Cuando una mujer tiene un hijo, a los tres meses se reúnen alrededor de él todos los que han tenido relaciones con la madre para decidir a cuál de ellos se parece más la criatura que es al que se le asignará el papel de padre. En algunas tribus las mujeres se colocan un colgante en los tobillos por cada tío que se han tirado. La que más colgantes lleva es la de más prestigio del lugar. En otras tribus, cuando una mujer se casa se pasa toda la noche acostándose con todos los invitados que, a cambio, la tienen que hacer un regalo. Luego por la mañana se va con todo el botín a cuestas a yacer con el marido. Por otro lado, donde hay casamientos colectivos, el rey tiene el privilegio de desflorar a las novias que le parezcan más apetitosas. Y así, hasta cansar.
Así es que el tabú del sexo siempre ha tenido sus matices. Y ahí es donde entra en juego la dicotomía razón/sentimientos, por no hablar de razón/superstición. Porque esa es la cuestión, que los sentimientos a lo mejor no son más que superstición. O agüeros y hechicerías, como los llamaba el padre Astete. En fin.
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