domingo, 30 de julio de 2023

Soledad

En verano, por fas o por nefas, siempre termino por deprimirme un poquito. Entonces, en vez de las cinco o seis horas de sueño que constituyen mi normalidad vengo a caer en las siete, ocho e, incluso, más, de las que emerjo con un sentimiento de vergüenza producido por la acumulación de recuerdos nefastos en referencia a los episodios más detestables de mi vida. La vida es así; todo el mundo, supongo, tiene mucho de lo que avergonzarse, pero, la conciencia de ello, afortunadamente, suele dormir en las profundidades del tejido neuronal. Lo que no sé es si a todo el mundo le pasará como a mí, que episodios veraniegos, o de cualquier otra estación, tienen el poder de arrancar de las profundidades esos recuerdos y sacarlos a la superficie. Supongo que sí, porque, todo lo que deprime pone en carne viva la conciencia, o sea, en una posición de objetividad insoportable. 

Al respecto, siempre me viene a la memoria aquel libro de Castilla del Pino en el que analizaba las historias clínicas de un par de pacientes depresivos. Venía a decir que hay que estar muy fuerte para no derrumbarse ante tal torrente de objetividad. Porque es que, es eso, que la realidad sin los adornos de la ilusión, que es lo que ve el depresivo, no hay dios que la soporte. 

Y así es que veo a la gente a mi alrededor aguantando el tipo como si aquí no hubiese pasado nada. Estos tres últimos años de histeria colectiva encubierta que han llevado a mucha gente, la inmensa mayoría, a cometer torpezas de las que, por mucho que se las disimule, no se las puede sacar uno de la cabeza. Y, para colmo, tienen que soportar la información que se escapa por las grietas que toda censura oficial tiene. Porque la verdad es tozuda y siempre acaba por ponerse en primer plano. 

En fin, ya digo, por fas o por nefas, siempre que aumentan mis contactos con el género humano acabo con un a modo de depresión que me aviva los malos recuerdos, los que producen vergüenza, los que te desapegan de la vida. Que no por otra cosa debía ser que Thoreau dijera que nunca había encontrado otra compañera tan fiable como la soledad.   

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