sábado, 22 de julio de 2023

Redundancia

Uno tiende a pensar que más es imposible, pero, de pronto, suenan los clarines y uno se percata de que todavía quedaba hueco por llenar. Ayer comenzó en la ciudad lo que llaman fiestas. Se veía por ahí a la gente con un pañuelo azul al cuello que por lo visto es el signo distintivo de la cosa. Decir fiestas es una absoluta redundancia. Porque a nadie con dos dedos se le puede escapar que son fiestas en la fiesta que no cesa. Ahora, ya, nadie puede escapar. También en esos espacios por los que intentabas pasear entre el gentío ansioso han puesto casetas por donde es casi imposible pasar sin llevarse un pintxo -porque cada vez somos más vascos- por delante. Y eso, por no hablar del ruido, así, en plan valenciano para no ser menos que nadie. Así que, ayer, a las siete de la tarde, maxcletada al canto. Es una cosa muy interesante que como que hace identidad... la nostra identitat, para que nos entendamos, esa entelequia que adormece a los incapaces de ser cualquier cosa que sea por sí mismos.

De todas formas, en este barrio ya tuvimos nuestro lote de redundancia la semana pasada. Así que ahora quizá sea el único oasis de bendito aburrimiento de la ciudad. Con el frescor de la mañana me siento en un banco frente a la lonja, con la centelleante dársena por medio, a seguir con lo de Casanova que es que el tío parece el Gallo de la Pasión. Y es que siempre, en toda época y lugar, hubo individuos con una especie de magnetismo para el sexo contrario. Es como si las mujeres al ver a un tipo de esos tienen que salir corriendo a cambiarse de bragas. Parece un chiste, pero les puedo asegurar que no lo es en absoluto; más bien es pura biología. En fin, sea como sea, cuando me canso de leer doy una vuelta, compro algo para comer y vuelvo a casa a retomar mis asuntos. Ando ahora tratando de niquelar la partitura de Alma Zapoteca de un tal Uvalle. Tiene un aire zandungo que talmente te trasporta a Oaxaca. ¡Ay, México lindo! El único lugar del mundo que me da algo de pena no haber conocido. Más que nada por la música. Pero a lo que iba, que, luego, cuando cae la noche, voy a pasear por el muelle al norte de la dársena. Hay unos cuantos pescadores somnolientos y el típico grupito que simula que sus perros son niños... no hacen daño a nadie que no sea a sí mismos, pero a ver quién es el que está libre de pulsiones autodestructivas. Yo paso de largo absorto en mis pensamientos y voy a sentarme en cualquier banco solitario en donde me demoro contemplando el rielar multicolor de las luces. Nadie diría, desde luego, que mil metros más allá la ciudad bulle de expectativas de placer... que por la propia naturaleza de las cosas están condenadas a verse frustradas. Ley de vida, que le dicen.

Y así hasta que Dios quiera.  

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