La guerra que no cesa es la que se libra por las ideas. Es una guerra sorda, y a largo plazo, de la que la inmensa mayoría parece no tener noticia. Y es que, como supongo que todos ustedes sabrán, a la inmensa mayoría todo lo que no sea alboroto y a corto plazo se la trae al pairo... no por otra causa es que los resultados parciales de esas guerras siempre pesquen a la inmensa mayoría desprevenida, lo cual no es óbice, ni cortapisa, para que se apresure a apuntarse a caballo ganador. ¡Cuestión de supervivencia! En realidad, se apunta a caballo ganador sin importarle un comino en qué consiste ese caballo con tal de que el caballo le facilite la supervivencia, no importa si a corto o largo plazo.
Lo de identificar cuáles son las verdaderas ideas en liza es tremendamente complicado. Lo puedo asegurar por la propia experiencia: toda mi vida he tenido tal batiburrillo en la cabeza respecto a esa identificación que sigo sin sentirme mínimamente seguro sobre en qué medida he conseguido clarificarme. Así todo, como uno no puede andar por ahí, indefinidamente, a la deriva, he optado acogerme a la idea de libertad con la misma fe que Descartes se acogió al cogito ergo sum —pienso, luego existo—.
La libertad, amigo Sancho, etc... todo el mundo conoce ese parlamento de Don Quijote. Sí, pero ¿qué es la libertad? Hay muchas formas de entenderla y no todas son compatibles con la conservación de la especie. "Mi libertad termina en donde comienza la del vecino", dijo alguien y el rey se quedó con la copla y la mandó imprimir en los billetes de mil pesetas. Efectivamente, sin límites a la libertad, apaga y vámonos. El problema consiste en saber quién es el encargado de poner esos límites. O, mejor dicho, quién es el que tiene derecho a imponer esos límites. Y ahí es donde, a mi juicio, reside toda la enjundia de este asunto y, a la postre, de esta guerra que, como digo, el mundo siempre se está trayendo entre manos.
Intento reflexionar sobre estas abstracciones porque ayer estuve escuchando los discursos pronunciados con motivo de la entrega del premio anual de la Fundación Juan de Mariana que este año ha recaído en Deirdre McCloskey, una yankee de exactamente mi edad que ha escrito un libro titulado Las Virtudes Burguesas. Lo que a mí se me alcanzó de todo lo que escuché es que Dierdre vendría a apuntalar lo que Adam Smith remarcó en su libro Los Sentimientos Morales y, ya, si me apuran, lo que la Biblia y, también, los clásicos griegos, no se cansan de repetir, que sin un respeto estricto a las leyes no escritas del cielo no hay nada en este mundo, incluido, por supuesto, el capitalismo, que pueda funcionar.
En definitiva, dicho si rodeos ni necesidad de premios, el cascabel que hay que poner al gato para liberarnos en la medida de lo posible de este régimen político, que nos tiene atenazados con tanto límite como nos pone, no es otro que el rearme moral. Así que, ya saben, lo mejor empezar por uno mismo y no cejar que, como decía Pessoa, esa tarea nos llevará toda la vida.
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