Conagher es un vaquero que exhibe las mejores características de la virilidad. Hábil en su trabajo, honesto, leal, liberal, y valiente. En un momento determinado de la película, Conagher va tras unos malhechores y, la mujer que anda tras él, temiendo que le maten, le dice que pida ayuda a las autoridades; Conagher la mira de lado, con los ojos inquisitivos, a la vez que sentencia: «Cuando un hombre tiene que pedir ayuda más vale que no siga adelante».
Un hombre es un hombre y una mujer, una mujer: por ahí hay que empezar. El hombre, si es hombre, resuelve; la mujer, si es mujer, pastelea. Por eso tanto el uno como la otra tienen que estar en el lugar para el que la naturaleza les dotó. De lo contrario, como dice Conagher, más vale no seguir adelante.
Y eso es lo que pienso yo que está pasando, que como se han dislocado las respectivas posiciones a cada vez más gente no le merece la pena seguir adelante, lo cual se traduce en esa apoteosis de pulsiones suicidas que campean por doquier: todo el puto día de aquí para allá con la única finalidad de encontrar diversión. ¿Acaso sabe alguien qué coño es eso de la diversión? A juzgar por lo que veo las raras veces que voy al downtown, divertirse debe ser ir comiendo helados mientras deambulas a la deriva por entre las multitudes.
Empiezas por hacer el trabajo de cualquier forma, sigues por autoconvencerte de que el que no roba es porque no puede, a continuación, traicionas a tu propio padre si piensas que ello te beneficia, luego te empeñas en imponer a los demás tus putrefactas ideas y, terminas, pues eso, pidiendo ayuda, no a cualquiera, sino a la mafia dominante. Así, por haber perdido los papeles, ya has cerrado el círculo de la cobardía perfecta. ¡Ay, qué definitivo es aprender desde niño el valor del trabajo bien hecho! Falla eso y todo lo demás viene rodado.
O sea que, convénzanse, para que nos vuelva a merecer la pena seguir adelante habrá que recuperar los papeles tradicionales: el hombre a la guerra a matar dragones y la mujer a la cocina a hacer pasteles.
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