Es inevitable en ocasiones abandonarse a la nostalgia. Es como una recreación de los momentos, no muchos, de la vida de los que no te avergüenzas. Y es que, tengo que confesarlo, la sensación que me embarga lo más de mi tiempo es la de que tiré por el desagüe la mayor parte de mi vida. Me recuerdo sentado al volante, horas y horas, yendo de un sitio para otro en una huida imposible, y me entran ganas de morirme. Y, como esta, un millón más de imbecilidades que asaltan mi memoria a nada que deje de guerrear por más tiempo del necesario para reponerse de las pasadas batallas. ¡Es tan breve el auténtico reposo del guerrero!
Como he terminado el primer tomo de las Novelas Ejemplares y el segundo, que compré on line, se ha perdido por el trayecto, decidí ayer que lo que me apetecía de verdad leer era algo de Baroja... como siempre que me siento derrotado. Así que, a falta de Cuesta Moyano, me fui al centro de la ciudad a una feria del libro usado. No me costó encontrar una novela suya que no hubiese leído veinte veces, "Las noches del Buen Retiro". Me senté en un banco del parque a esperar a María —por fas o por nefas, a las mujeres siempre se las está esperando— y me puse a leer. Fue inútil; a los dos minutos ya se me había sentado al lado una jovencita que se puso a hablar por el teléfono a grito pelado; estaba contando a alguien que habían visto a su novio y a su madre morreándose, un clásico del porno sin el menor interés. En aquel momento, maldije mil veces el haber abandonado Castilla; no sé si los tengo idealizados o es que fueron realmente ideales los veranos que pasé allí. Aquellas mañanas frescas, con un aire impoluto, pedaleando por la Nava llegaba a Becerril de Campos y me sentaba en la terraza de La Behetría a zamparme un pincho de tortilla de patata regado con un café con leche. ¡Gloria bendita! Y si no era en La Behetría de Becerril, era La Laguna de Gascón o en El Refugio de Fuentes. Toda la Nava era para mí.
Sí, sin duda fueron los años castellanos los que me reconciliaron, en la medida de lo posible, conmigo mismo. Fue aquel el lugar en el que menos cuentas tuve que dar a nadie. Viví holgado y con una cierta sensación de armonía. Y es que, para empezar, Castilla tiene unas dimensiones humanas; por tal me refiero a la posibilidad que te ofrece de no tener que vivir amontonado, lo más inhumano, quizá, que existe: el hombre no nació para ser rebaño. Nació para relacionarse con sus semejantes de tú a tú en medio de la nada. Como cuando me apeaba de la bicicleta para echar una parrafada con un labrador o pastor perdido en aquella inmensidad. Después, mientras seguía pedaleando, rumiaba aquellas conversaciones sin desperdicio. Y es que, solo, en medio de la inmensidad, cualquiera se convierte en filósofo.
En fin, la vida nos lleva por donde quiere y solo nos deja el recurso a la nostalgia para aliviar los momentos de desesperación. Aquellas incursiones que, cuando estudiante en Madrid, hacía por la Cuesta Moyano en busca de novelas de Baroja. Aquella cumbre que alcance, con Pedro —nos dejó hace tres días— cuando ya parecía que era un objetivo más allá de nuestras provectas posibilidades. Aquellos reposos del guerrero en las plazas castellanas tras las largas pedaleadas hacia los lejanos horizontes... y así, desde la nostalgia hasta caer en la dulce tristura que es la melancolía. Sí, siempre acabo melancólico cuando, por lo que sea, me acerco al centro de la ciudad... lo siento como si fuese un campo de concentración con sus cámaras de gas y todo eso.
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