miércoles, 5 de agosto de 2026

Cosas de viejos.

Cuenta la Biblia que, David, en sus postrimerías, sentía un frío tremendo que le tenía todo el día tirititando, que diría el Camarón de la Isla, y nadie encontraba el remedio a aquel mal. Así fue que, ensayado todo lo ensayable, alguien pensó que, a lo mejor, poniéndole una jovencita a su lado en la cama el mal cedería. Dicho y hecho; parece ser que mejoró, pero, al parecer, no pudo hacer otro uso de la chiquita que el de robarle el calor. 

Por otro lado, crónicas apócrifas relatan que a Mao Tse-Tung, en su vejez, le metían todos los días en la cama a una jovencita virgen. Por lo visto, hay una superchería china que sostiene que esa es la mejor manera de restituirle la energía a un viejo. Sea como sea, cuentan, vete tú a saber la verdad que hay en ello, que dentro del partido comunista chino había una sección dedicada a escoger a esas jovencitas entre las más agraciadas de la nación. Y para ellas, según esas crónicas, era un honor ser desvirgadas por el Gran Timonel; un honor y, todo hay que decirlo, una inversión garantizada, porque de la cama pasaban, sin solución de continuidad, a un futuro prometedor. 

Por otro lado, en Salamanca conocí a unos comunistas alto standing cubanos, entrados en años ya, que sostenían con entusiasmo que el hombre tiene la edad de la mujer que tiene entre los brazos. De hecho, todos ellos estaban casados con mujeres a las que sacaban de treinta años para arriba.  

Y, para concluir las anécdotas relativas al asunto, citaré lo que dice Buñuel, al respecto, en sus memorias. Se queja el hombre de esa maldita pulsión que no se le va de la cabeza. Da igual lo consciente que seas de que todo intento es inútil, porque eso que llaman el inconsciente sigue ahí trabajando como el primer día de la creación.  

Sea como sea, hay una cosa que ni al moralista más talibán se le ocurriría negar, y esa cosa es que la naturaleza tiene hechos a los hombres de tal manera que hasta el último suspiro siguen estremeciéndose a la vista de un culo femenino como Dios manda. ¡Y qué le vamos a hacer! Bueno, sí, mirar de reojo y disimular en la medida de lo posible, porque no están muy bien vistos los viejos verdes... pero, en cualquier caso, no privarse de ese estremecimiento que, a la postre, es la conexión más fuerte que se mantiene con la vida. 

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