domingo, 2 de agosto de 2026

Mahometanismo

Hace como treinta años, con motivo de tener por aquel entonces asentados mis reales en una aldea de la Serralada Central, de nombre Bellmunt de Segarra, tenía un vecino marroquí de unos treinta años, sin más oficio ni beneficio que el de dar satisfacción en la cama a una chica, hija de unos andaluces granadinos que tenían en la aldea una casa de esparcimiento. El marroquí, siempre que me veía me largaba la misma cantinela: «¡Amigo Pedro!, fíjate bien lo que te digo, una sola noche, no hace falta más, una sola noche que abriesen la frontera de España con Marruecos y no quedaba ni un marroquí en Marruecos.»

Claro, los marroquís, al parecer, se pasaban la vida mirando la televisión española que se podía captar en grandes partes de su territorio, lo cual no hacía más que hacerles crecer los dientes. Se decía por entonces, no sé qué habría de cierto en ello, que la frontera entre España y Marruecos era la grieta más profunda que había en el mundo entre dos niveles de vida. Desde luego que, exageraciones aparte, las diferencias eran notables; yo mismo había hecho una fugaz incursión en Marruecos, allá por los años setenta y, si no anonadado, había quedado impresionado por aquella mezcla de pintoresquismo y miseria, lo uno por la otra, que tanto gustaba a la carcundia progresista imperante en grandes capas de la sociedad española. 

Sin duda, de los años setenta para acá, Marruecos ha pegado un gran salto hacia delante. Así todo, aunque la grieta haya disminuido algo, todavía sigue siendo considerable, y no solo en lo económico, también en lo cultural. Hay que tener en cuenta que el mahometanismo es algo así como un cáncer del espíritu que elimina de raíz toda posibilidad de pensamiento crítico. Claro, eso funciona muy bien cuando no tienes ventanas a la casa del vecino de enfrente; pero una vez que las tienes, no hay Dios que lo aguante. 

Así es que, para mí, lo de Marruecos con España, y Europa en general, no tendrá solución en tanto el mahometanismo siga campando por allí por sus respetos. Es una ideología bárbara que está concebida para que al poder en curso nadie se le suba a las barbas, así que, a la que alguien se asoma al balcón y ve lo que hay enfrente, ya no hay quien le pare. Por eso, el gran drama de esta historia es que esas sociedades musulmanas, al parecer, tienen una resistencia numantina a la secularización. Nadie quiere renunciar allí a sus privilegios ancestrales. Ni los que tiene el rey sobre sus súbditos, ni los que tiene el marido sobre sus mujeres... en fin, la noche de los tiempos. 

Pero, ¡ay, hijo!, en una cosa fundamental nos ganan los marroquíes por goleada: la procreación. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que a la postre siempre acaba ganando el que procrea. Y en esas estamos, en el trance de perder todas las batallas por no querer procrear. Así es que, como no nos sirve el perpetuarnos en nuestros hijos, nos tratamos de perpetuar en nosotros mismos y por eso es que hayamos ido a caer en manos de los médicos que es como caer en manos del demonio... pero este es otro asunto. 

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