Y entonces, sale un cura en pantalla, revestido con todos los aditamentos del oficio y enarbolando en la su mano derecha una cruz con incrustaciones preciosas: nos va a recitar una oración a la preciosa sangre de Cristo. La picaresca, pienso, no tiene límites: se camufla tras infinitos ropajes y la gracia del asunto consiste en desenmascararlos; hay que tener en cuenta que, algunos de entre ellos, son auténticas obras de arte que, pareciera, que hasta al mismísimo Dios engañan.
Ayer por la tarde, buscando la brisa que atempera el bochorno, fui a sentarme a los bancos que hay frente a la estación marítima; justo en aquel momento partía un barco gigantesco cargado de borregos con apariencia humana. Unos pícaros han inventado ese negocio y las multitudes aborregadas son incapaces de desenmascarar el engaño. En fin, pensé, cada cual se las apaña como puede, que, al fin y al cabo, lo de dejarse engañar ayuda mucho a sobrellevar los sinsabores de la vida.
El caso es que mientras miraba de reojo y sin el menor interés aquella penosa escena, me estaba metiendo de lleno en las vicisitudes del alférez Campuzano, el protagonista del Casamiento Engañoso, una de las novelas ejemplares de Cervantes. El alférez, nada más salir arrastrándose del hospital de la Resurrección de sudar catorce cargas de bubas, se encuentra con su amigo el licenciado Peralta que de inmediato le invita a ir a su casa a reponerse. Ya de sobremesa, Campuzano le cuenta a Peralta de dónde le vinieron las bubas, concretamente de un casamiento engañoso tanto por parte de la parte contratante como de la segunda parte de la parte contratante. Así, al ser, tanto monta, monta tanto, el engañador como el engañado, no hay lugar para el resentimiento y sí, y mucho, para el humor... de hecho, mientras leía, me estaba poniendo enfermo de la risa que me daba. Claro que la gracia, más que por el hecho en sí, viene de la forma de contarlo y, al respecto, cualquiera que haya leído El Ingenioso Hidalgo, ya sabe de lo que es capaz Cervantes.
Pues sí, esto de la picaresca es para hacérselo mirar porque aquí sí que hay que ser prudente antes de tirar la primera piedra. Me he cansado de ver a todo lo largo de la vida a gente que tiró la primera piedra y, cuatro días después, el rebote les atizó de plein fouet. Y es que, evidentemente, eso de la honradez es muy loable, pero vete tú a contárselo a alguien, o a ti mismo, cuando te hayas en un apurado trance de supervivencia. O ni siquiera eso, basta que una mala educación te haya hecho esclavo de los caprichos para que seas devoto de la ley del embudo... lo ancho, por supuesto, para mí.
El otro día, con motivo de haber escuchado una conferencia sobre las virtudes burguesas, escribía sobre el rearme moral. ¡Mira que hay que ser ingenuo! ¿Cuándo no ha necesitado el mundo ese rearme? Todas las interrelaciones humanas, so capa de simpatía, tienen un componente de fraude que solo los linces son capaces de detectar. No por otra causa es que los linces anden siempre ocultos entre la espesura.
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