Sigo con la lectura de las novelas ejemplares de Cervantes. Para empezar, son una fuente inagotable de información sobre la sociedad de hace cuatrocientos años. Era una sociedad por estamentos: los nobles, por un lado, que son los protagonistas de las novelas y, al parecer, de la vida en general; el pueblo llano, que se las apaña como puede, sin demasiados escrúpulos morales y sin dar excesivos síntomas de resentimiento; y el clero y demás sicarios —con esta palabra está todo dicho— del poder que hacen de imprescindibles intermediarios entre dos mundos alejados a años luz.
Consideraciones sociológicas aparte, llama poderosamente la atención el asunto de la madurez. En aquel entonces, a los dieciséis años, aun siendo mozo o moza, ya se era apto para las funciones de adulto: lo mismo para tener hijos que para ir a la guerra. Esa madurez, tan prematura desde nuestra perspectiva actual, trata de sustanciarla Cervantes en los parlamentos, tanto interiores como exteriores que hacen los personajes protagonistas; pareciera que todos han leído a Freud, o poco menos, tal es la agudeza de las percepciones, tanto de su yo como de su ello. Esto es algo que me resulta especialmente chocante por comparación con la percepción que tengo de lo que ha sido mi propia vida en la que, hasta edades muy avanzadas, era como si la responsabilidad de mis actos correspondiera a un ente abstracto... algo así como un padre castrador al que había que machacar en la medida de las posibilidades.
En la precocidad de esos hijos de nobles, supongo, tiene que ver la obsesión por el linaje como responsabilidad individual que, desde el primer día les ha sido inculcada por medio de una educación espartana. Nada que ver con la precocidad de pueblo llano nacida de las dificultades para la supervivencia. Así es como ambos dos estamentos confluyen en lo esencial: la vida como agonía. En definitiva, da la sensación de que la duración de la vida ha sido una constante a todo lo largo de la Historia; una constante al estilo de la de Boyle Mariotte —PxV=K—, solo que, en este caso, en vez de jugar con la presión y el volumen lo haríamos con el tiempo y la agonía —TxA=K—.
Aparte de estas apreciaciones de tipo, digamos, psicológico, se extraen de esas novelas no pocas curiosidades que ayudan a entender de dónde venimos. Por ejemplo, ese pueblo, Zahara de los Atunes, en el que mis hijas tienen un piso al que fui con María hace cinco o seis años, ya era en tiempos de Cervantes un lugar muy concurrido, en este caso por los pícaros —cátedra de picaresca, dice—; la diferencia con ahora es que, vez de venir los bereberes en pateras a sus playas para quedarse, en aquel tiempo los bereberes venían en galeras a pillar a los pícaros que dormían en la playa para llevárselos a berebería y venderlos como esclavos. En cualquier caso, el negocio de las almadrabas ya funcionaba por entonces a pleno rendimiento. Otra curiosidad es lo de Cataluña: lo mismo que en el Quijote, los protagonistas de Las Dos Doncellas, tan pronto ponen el pie en Cataluña son saqueados por los bandoleros, lo cual no quita para que no se canse de echar flores a la ciudad de Barcelona, archivo de todas las bondades. O sea, que, el que tuvo, retuvo, y de casta le viene al galgo.
En fin, para qué seguir; solo añadir que estoy encantado con las rocambolescas coincidencias con las que se construyen los argumentos de esas novelas. Y eso por no hablar de las maravillas del lenguaje: la facilidad con la que Cervantes consigue que se entiendan a la primera asuntos que de puro alambicados casi dan hasta risa. Y no te digo, ya, si lo lees al atardecer, sentado en un banco en el que te acaricia la brisa que viene del mar. Ya digo, en fin.
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