miércoles, 12 de agosto de 2026

El egoísmo


Sería por el año sesenta, o así, del siglo pasado cuando, recién comenzados mis estudios de medicina y estando de vacaciones, me tocó acompañar a mi padre a atender un parto en una cabaña de una cabecera, que así se llamaban los lugares en la parte alta de las montañas alrededor del pueblo. Mi padre iba en un caballo al que sujetaba por la brida el marido de la parturienta; yo iba detrás echando el bofe. En esto que vemos a un tipo que baja por la ladera a toda mecha ayudándose de un palo de pasiego. Al llegar a nosotros preguntó al de la parturienta si tenía a alguien enfermo en casa. No, le contestó, es que tengo a la mujer de parto. Entonces, el otro exclamó: ¡jo, menuda mina tienes en casa! 

Aquí, en esta anécdota, está, a mi juicio, la explicación de la actual debacle de nuestras sociedades: parir hijos ha dejado de ser una mina, al menos, para sus padres. Éste es otro de los efectos secundarios, y no menor, de la implantación en todo occidente de los delirios emanados de lo que se conoce como marxismo cultural. A la gente del común le costó un par de generaciones caer en la cuenta, pero una vez caídos dijeron que el marrón se lo tragase otro. Porque mira que es marrón sacar a los hijos adelante; sobre todo si los beneficios de ese esfuerzo pasan de ser privados a ser públicos. Porque es que esa es la cuestión, que el futuro esfuerzo de los hijos ya no será para los padres sino para un ente abstracto llamado Estado que distribuye los beneficios de ese esfuerzo a su conveniencia. Pues, entonces, la cosa está clara, que tenga los hijos el Estado o, en su caso, que pague adecuadamente por tenerlos... no una paguita miserable, sino un sueldo acorde con el montón de horas de dedicación que la crianza de un hijo requiere. 

Eso es todo, porque ni las leyes no escritas del cielo, que vendrían a ser el sentido común, ni, si vamos más al fondo de nuestra psique, el sentir de nuestras entrañas, soporta que se privatice el esfuerzo y se redistribuyan, o colectivicen, los beneficios que reporta ese esfuerzo. Es absurdo de toda absurdidad, que el que no haya tenido hijos vaya a cobrar la misma pensión que el que los ha tenido, porque el que no los tuvo, pudo ahorrarse el ingente capital que cuesta criarlos, amén, del cúmulo de preocupaciones que la crianza supone. No, dice la gente, si yo los crío, el sobrante de los beneficios de su futuro esfuerzo tiene que ser para mí y, el que no los tuvo, que viva de lo que tuvo la oportunidad de ahorrar. Por así decirlo, esa es la lógica de la naturaleza, del sentido común, o, como les decía, de las leyes no escritas del cielo. 

Así que ya saben de dónde nos viene, al menos en parte, este vivir sin vivir en mí que nos produce el ver cómo lo que éramos se va diluyendo en una todo amorfo: del puto comunismo. Sí, lo siento mucho por los puros de corazón, pero la naturaleza, entre las muchas herramientas de que nos dotó, no ahorró en la del egoísmo. Bien es verdad que el egoísmo, como todas las demás características humanas, si se sale de madre, es un grave inconveniente tanto a nivel personal como colectivo, pero, en su justa medida, es clave en la consecución del objetivo para el que aquí estamos: la conservación de la especie. ¡Y no hay más qué rascar!   

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