domingo, 9 de agosto de 2026

Y vuelta a empezar

 A media tarde, cuando ya siento la casa recalentada, bajo a sentarme en el paseo de Antonio López que está a la sombra y corre la brisa. Por cierto, Antonio López, un tipo curioso que, según dicen las malas lenguas, amasó una fortuna portentosa traficando con esclavos. Tan portentosa fue que, dice la leyenda urbana, que, cuando las tropas de Víctor Manuel entraron Roma para dar fin a los Estados Pontificios y, con ello, dar por constituida la nación italiana, este señor, que merced a todas las filantropías que había hecho había sido elevado al rango de marqués de Comillas, este señor, digo, le ofreció al papa comprar la ciudad de Roma para que pudiese seguir teniendo un cierto poder temporal. En fin, cosas que se cuentan y ni siquiera merece la pena ponerse a averiguar lo que pudiera haber de verdad en todo ello... recuerden aquello de "El hombre que mató a Liberty Wallace": cuando la leyenda supera a la realidad, nos quedamos con la leyenda. 

Así, ayer, como digo, bajé, me senté en un banco y proseguí con la lectura de las conversaciones que se traen entre ellos Cipión y Berganza, dos perros que han aposentado sus reales a la puerta del hospital de la Resurrección de Valladolid. Bueno, la verdad es que no aguanté ni dos minutos, porque un chusma había puesto una música perrallera, de esas con unos bajos machacones que es como si te estuviesen martillando la cabeza... pero esto es otra historia. Me fui al muelle del Pesquero, encontré un banco a la sombra, me senté y proseguí con la lectura. Cipión está contando su vida a Berganza; concretamente, la catadura de todos los amos que ha tenido, que no se salva ni uno. La gracia del asunto es que como Cipión no es como el común de los perros, ya que puede razonar, no soporta esa detestable catadura de sus dueños y se larga a buscar fortuna para dar siempre en lo mismo: más corrupción. Claro, si todos los perros fuesen como Cipión se acabaría el mito de la lealtad de los perros y se aprendería a distinguir lo que va de la sumisión a la lealtad. Los perros, mis queridos, son sumisos, porque para ser leal se necesita de la razón, que por eso Cipión, porque la tenía, no podía ser leal a cualquiera por solo la comida. 

El caso es que, por la noche, como ya es costumbre en mí, me puse a leer la Biblia; concretamente, Los Proverbios. Estamos en las mismas, pensé, Cipión, Los Proverbios, en definitiva, la irreprimible tendencia a la corrupción del ser humano. Al respecto, parece no haber solución. Todas las novelas ejemplares de Cervantes, o, ya puestos, la Biblia, están atravesadas por la misma obsesión: la denuncia de la corrupción; el mundo parece no poder ser otra cosa que un Patio de Monipodio. 

Y esa es la cuestión incuestionable, que donde no hay entendimiento, el hábito califica. La gente del común se lo traga todo, pero, más nada, ese fingimiento de felicidad, seña de identidad donde las haya de los corruptos y, no por otra causa es, que se apresure a imitarlos: todo el mundo quiere ser feliz a la primera de cambio. Y así es como se llega a las decadencias galopantes... cuando el pilar de la economía es el entretenimiento, es decir, el tradicional nicho de negocio de las mafias. 

Y así hasta que todo se va al carajo y vuelta a empezar: el mundo es un Ave Fénix.

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