lunes, 26 de septiembre de 2022

Desconsuelo

Lo más duro de la vejez es cuando sientes que todo a tu alrededor se desmorona y no puedes evitar pensar en tu cuota de responsabilidad en el desastre. Ya sé que lo más seguro es que sea una tontería porque a todo lo largo de la vida no somos más que unas marionetas movidas por unos hilos invisibles que manejan poderes sobrenaturales. Al menos eso es lo que sostenía Miguel de Molinos en su Guía Espiritual y que, por ello, fue acusado de desviación doctrinal e inmoralidad y puestro a buen recaudo el resto de su vida. Y es que no era para menos, porque imagínense un mundo en el que la gente esté convencida de que todo lo que hace es por voluntad divina. En fin, cuestiones teológicas a las que no se le puede encontrar otra respuesta que la permanente sospecha: sí, lo más probable es que seamos marionetas, pero, para que esto funcione y se conserve la especie, tenemos que vivir como si nosotros mismos fuesemos los artífices que manejan los hilos que nos mueven. 

En cualquier caso, abandonando la palabrería y volviendo a la realidad, me abruma la vergüenza de mi mismo por la conciencia cada vez mayor de mi persistente fatal arrogancia. Siempre justificando con superioridades morales la satisfacción de mis absurdos, y a veces letales, deseos. En definitiva, menos cabeza que un mosquito. 

Y no, no me consuela en absoluto constatar que toda, o casi toda, la gente a mi alrededor era igual de estúpida que yo. O incluso más, si es que eso era posible. Porque la vejez es eso, uno frente a sí mismo pasándose las cuentas... y en mí caso concreto, abrumado por el peso de las deudas que me iré sin pagar.

En fin, entre todos la matamos y ella sola se murió. No es ningún consuelo. 

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