"A la tal mensajera nunca le digas maza,/ gorjee bien o mal, no le llames picaza,/ señuelo, cobertera, almádana, coraza,/ aldaba, ni trainel, cabestro ni almohaza,
garabato ni tía, cordel ni cobertor,/ escofina ni cuerda, tampoco rascador,/ aguzadera, pala, freno ni corredor,/ ni badil ni tenazas ni anzuelo pescador,
campana, taravilla, alcahueta ni porra,/ jáquima ni adalid, guia ni corredora,/ ni le digas trotera, aún cuando por ti corra;/ -creo si esto guardas, la vieja te socorra-;
aguijón ni abejón, escalera ni losa,/ ni trailla ni lanza, ni registro ni glosa./ Decir todos sus nombres será difícil cosa;/ más nombres y más mañas tiene que la raposa."
Es muy curioso ese fenómeno del lenguaje que hace que a determinados nombres se les pueda sustituir por miles de sinónimos. Se diría que cualquier palabra se convierte en uno de ellos cuando el contesto lo es todo, es decir, que lo tienes tan arraigado en la cabeza que solo escapas de él a golpe de voluntad. Me refiero a todo lo que tiene que ver con lo que no tiene enmienda por excelencia, la jodienda. ¿De cuántas maneras se puede uno referir al pene? Yo diría que infinitas.
El caso es que el de Hita construye estos versos utilizando las diferentes palabras que el vulgo utilizaba para referirse a las alcahuetas. Tal variedad de sinónimos no puede indicar otra cosa sino que tal oficio no por oculto y despreciable dejaba de ser clave para el normal desarrollo de aquella sociedad. Y es que, donde existe una dificultad, de inmediato surge la herramienta que ayuda a resolverla. Porque se da el caso que lo que llamamos civilización quizá no sea otra cosa que un continuo ponerle trabas a la naturaleza. A eso lo llaman moral. Lo que Dios reprueba, como no se cansan de repetir en la Biblia.
Siempre que, sea Dios, sea el Estado, sea quien sea, pone un freno a la satisfación de los deseos, no por inconfesables más perentorios, surge el facilitador. ¿Qué otra cosa, si no, son las mafias? Prohiben algo y a la semana ya tienes una montada. Porque, ¿se imaginan lo que podría llegar a ser este mundo de ociosos sin el efecto aplacador de las drogas? Por eso media ciudad vive de venderlas, ya sean los camellos en la oscuridad de la noche, ya sean los apotecarios a la luz del día con la parafernalia oficial. ¿Cuántas cruces verdes parpadean a todo lo largo y ancho de la ciudad incitando a los drogadictos a consumir sin sentimiento de culpa?
Así es como vivimos, entre el dolor de la prohibición y el placer de la transgresión... indiscutiblemente, el placer de la trasgresión expande el lenguaje. De ahí esos versos del arcipreste a propósito de cómo la alcahueta ayudó a Don Melón Ortiz a conseguir los favores que, en principio, no le quería conceder Doña Endrina.