viernes, 7 de octubre de 2022

La guerra

Es increíble, pero también insoportable. Vivo en una calle cualquiera de un barrio cualquiera de cualquier ciudad. El noventa por ciento, y quizá me quede corto, de la población mundial vive en sitios indistinguibles de donde yo vivo. Pues bien, salgo de casa y ¿qué veo? Justo al lado, una herboristería con remedios para todo tipo de enfermedades. También para las de los perros, porque ellos se merecen lo mejor, reza un llamativo cartel. Enfrente, un centro sanitario que te instiga a hacerte la prueba del HIV, porque muchos lo tienen positivo sin saberlo. Al lado un Instituto Médico de Cantabria. ¡Por Dios Bendito Bendito! Pero si justo aquí al lado tenemos un hospital high tech de mil camas y mil médicos más otros cinco mil subalternos sanitarios. Así que a qué extrañarse si todas las conversaciones que captas al vuelo tienen que ver con el miedo a perder la salud. Todo el mundo, al parecer, está en trance de ir a, o volver de, hacerse una prueba. Médica por supuesto. Y de ahí al bar a restaurarse o a la peluquería a embellecerse. Y punto pelota como dicen las señoras que ven la televisión estatal, que son prácticamente todas. 

Evidentemente, toda esta obsesión por la salud, la restauración y el embellecimiento, no quiere decir otra cosa que la urgente necesidad que tenemos de una guerra que nos saque del aburrimiento y nos ponga a vivir. Son cosas instintivas que la humanidad hace de tanto en tanto, cuando de tan bien irle las cosas empieza a pensar que su naturaleza es divina. Bueno, de momento la guerra por un quítame allá esas pajas, la tenemos ahí al lado, pero no se me amohínen que muy pronto la tendremos aquí dentro, hasta en la misma cocina. 

Siempre es lo mismo: se fabrica un satán y el resto es pan comido. Cuando lo de la segunda guerra mundial desaparecio del imaginario Alemania y aparecio Hitler. Ahora ya no existe Rusia y, por contra, tenemos a Putin. Pero es que alguien puede concebir en estos momentos históricos algo más infinitamente odioso que el Sr. Putin. El solito se basta para concitar todas las animadversiones de las mentes manipuladas por la propia necesidad de autodestrucción. El trabajo, ya, solo consiste en dar un baño de racionalidad a lo que es puramente instintivo: escapar de esta mierda de vida. 

Porque ese es el quid de toda esta cuestión, lo mierda que es esta vida. Ayer veía a un pobre desgraciado que iba de aquí para allá con una furgoneta cargada de canoas. Se le acercó un policía y le preguntó: ¿tiene usted los papeles? Porque si lo de ir de aquí para allá con canoas, como si no las hubiese a millones por todos los lados, es una imbrecilidad, más lo es que para mover una canoa necesites papeles. ¿Por Dios Bendito, que es lo que tiene la gente dentro de la cabeza que no se puede salir de eso? Con la cantidad de cosas que se pueden hacer sin tener que acarrear cosas de aquí para allá. Pues nada, así estamos, encabronados todo el día por no poder escapar de nosotros mismos. 

A mí Hitler, después de ver la representación que de él hizo Bruno Ganz en El Hundimiento, me inspira ternura. Un chalado al que las circunstancias historicas le empujaron a representar el papel del malo de la película, cuando no era más que el instrumento que se dio la humanidad para dar una salida con visos de racionalidad a lo que no era más que una necesidad de sangrarse para poder seguir respirando. Es lo que pasa cuando la sangre se espesa. Con Putin, más de lo mismo. 

En fin, perdonen ustedes que insista, pero es que no hay persona con el que coincida en el ascensor que no me saque a Putin a colación. Y es que pasan los milenios y no cambiamos un ápice. 

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