Me pregunto si habrá alguien en el mundo que cuando, llegado a viejo, piensa en su vida, no sienta vergüenza de sí mismo. Desde luego que muchos hacen como que no, pero todos sabemos que la procesión va por dentro. Y también sabemos que hay imbéciles sin remisión que son incapaces de mirarse por dentro más allá de la capa de crema que se aplican en la piel: son los que van por ahí ufanos presumiendo de que a su avanzada edad todavía siguen acertando. Pa partirse el culo de risa.
El caso es que ando con Las Confesiones de San Agustín que, como su propio nombre indica, es una confesión de todas las imbecilidades que hizo en su vida antes de encontrar a Dios que es lo que todo el que aspire a sosegarse tiene que encontrar. Sí, así es, encontrar a Dios, un ejercicio de autoflagelación extenuante. Pero, sobre todo, un ejercicio de renuncia a todo lo estúpido.
Y ahí está el problema más insalvable de todos: ¿qué es estúpido y qué no lo es? Nos negamos a ver estupidez donde la hay y, por contra, pretendemos verla en lo que nos cuesta sacrificio. Estamos constituidos para que así sea -el pecado original- y solo el dolor de la vida nos puede sacar de ese pozo. Tomar la delantera a ese dolor es un don reservado a muy pocos: los elegidos. O los santos.
Y no piensen que esto que les estoy diciendo de encrontrar a Dios es una tonteria de convertido. Porque el caso es que de forma más o menos consciente todo el mundo le busca sin saber que cosa sea. Cogen, se vay a youtube y encontraran millones de vídeos donde gente más o menos ingenua cuenta su versión de la epopeya. De cómo alcanzaron el sosiego, que quiza no otra cosa sea Dios.
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