Estaba anoche escuchando a Los Panchos y me daba cuenta de que las letras de sus canciones venían a ser más de lo mismo que por la mañana había estado leyendo mientras desayunaba en El Español: los desesperados por infructuosos intentos del arcipreste Juan Ruiz de ligarse a Doña Endrina. Y es que el hecho de que entre Los Panchos y Juan Ruiz medien casi siete siglos no quita para que les pongamos del mismo lado de la profunda cisura histórica que se creó el día que unos desalmados descubrieron la fórmula definitiva de la anticoncepción. Desde ese momento para acá, lo que más cambió sin duda fue la lírica. Por así decirlo, se fue del mundo. Y un mundo sin lírica, ya me dirán ustedes lo que vale. El mito prometéico pocas veces ha estado tan claro como con las consecuencias de ese descubrimiento: desde entonces nos estamos retorciendo por la ansiedad que nos produce las ilimitadas posibilidades de una jodienda sin culpa. Es, por así decirlo, el golpe de gracia a la civilización tal y como la habíamos venido conociendo desde nuetros primeros padres. Es como si se hubiesen desvelado los misterios que eran el motor de la imaginación.
Vivimos en un mundo sin imaginación. Porque, ¿qué falta nos hace? Los de mi generación nos divertíamos de niños con las aventuras de Guilermo Brown que siempre llevaba en el bolsillo un tiragomas, un penique y un tozo de pastel. Con eso se las tenía que arreglar para salir de todos los malos pasos en los que su afán de dar pol saco a los mayores le metían. Los de las generaciones actuales se divierten con Harry Poter, un niño afeminado que quiere salvar el mundo con su varita mágica. Como los cuentos para niñas de aquel entonces: cuentos de hadas que le decían. Con una varita mágica no hay imaginación posible. Como no la puede haber con las naves espaciales, la teletrasportación y todas esas mandangas frente a la que era necesaria para llevar un barco hasta una isla remota en busca de un tesoro.
Ese es el asunto, que esos descubrimientos de los que tan orgullosa está la humanidad no hacen otra cosa que destruir poco a poco el misterio de la vida. Y el misterio, no se engañen al respecto, lo es todo. Porque a la postre, cuando el mundo esté dando sus últimas boqueadas, nadie se acordará de lo que era la NASA o las sistemas operativos de Microsoft, pero quedarán unos cuantos que seguiran cantando los boleros de Los Panchos o recitando las estrofas de El Libro del Buen Amor, porque. en los unos y las otras, es donde se esconde el verdadero sentido de la vida, el misterio de la jodienda sin enmienda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario