sábado, 1 de octubre de 2022

¡Cuán largo me lo fiáis!

El Estudiante de Salamanca, obra en verso de Espronceda, es una de tantas versiones de El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina. Han sido multitud los autores que han querido recrear el mito. Zorrilla, por así decirlo, lo niqueló: ¡Cuan gritan esos malditos,/ pero mal rayo me parta/. Torrente Ballester no fue menos en la que para mí, y por lo visto para él, fue su mejor novela. Molière, Mozart, Marañón... sería una lista de empezar y no acabar. ¡Cómo no va a ser así si lo que le pasa a Don Juan nos puede pasar, y de hecho nos pasa en algún grado, a todos los mortales!

Y para mí que nos pasa más o menos en función de como hemos sido educados. Hay niños a los que les compran todo lo que quieren sin exigirles contrapartidas. Así se les desarrolla una especie de sed que se incrementa al beber. Es la peor maldición que le puede caer a uno encima. De hecho, sufren tanto que no tardan en desarrollarseles las pulsiones suicidas. 

Uno habla de estas cosas por la propia expereincia. Como niño, no mucho, pero algo bien, tuve mi lote. La vida me colocó en cierto grado de privilegio y no supe hacer buen uso de ello. Hice de Don Juan de pacotilla y no pasó apenas tiempo antes de que se me desarrollaran las pulsiones que les decía. La verdad es que no sé como sobreviví, pero, supongo, que de la misma manera que la inmensa mayoría que pasa por lo mismo. 

Don Juan, como máximo exponente de este tipo de enfermedad que ha dado en llamarse el donjuanismo, quiere lo más difícil: la mujer. Cualquier hombre sabe lo que infla el ego conseguir que una mujer se baje las bragas para ti. Y ahí está el punto, que una vez inflado el ego ya no puedes parar. Vas por la calle todo el rato calibrando posibles presas. Y no te importa jugartelo todo por tal de conseguir alguna de calidad. Babeas de solo pensar el prestigio que eso te daría para poder seguir ascendiendo hacia las cotas celestiales de la arrogancia absoluta. 

Y no es que la conciencia no te dé sus toques, pero ¡cuán largo me lo fiáis!, que así es como se llamó la primera versión de El Burlador. Sospechas que tendrás que rendir cuentas, pero lo ves tan lejos que no sirve para frenarte. Al final, en definitiva, pa no darle más vueltas, Don Juan no es un mariquita que se quiere camuflar seduciendo a las mujeres, como sostenía Marañón, más bién es un inmaduro porque nadie le ha partido la cara, en su niñez, cuando era necesario. 

Por lo demás, alabo esa tradición española de representar el Don Juan al comenzar el mes considerado como de los difuntos. Yo lo ví unas cuantas veces de joven y seguro que de algo me sirvió porque no me duraron mucho las infulas donjuanescas. 


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