Ayer por la tarde estuve viendo una película protagonizada por Charles Bronson y Lee Marvin, por así decirlo, dos monstruos de la interpretación. Se titulaba Caza Salvaje. De inmediato me di cuenta de que esa película tenía algo especial. Sin duda me ayudó a ello el estar leyendo por enésima vez, y diría que con una atención maníaca, las Meditaciones del Quijote de Ortega. Amárrense los machos:
«EL MITO, FERMENTO DE LA HISTORIA
La perspectiva épica, que consiste, según hemos visto, el mirar los sucesos del mundo desde ciertos mitos cardinales, como desde cimas supernas, no muere con Grecia. Llega hasta nosotros. No morirá nunca. Cuando las gentes dejan de creer en la realidad cosmogónica e histórica de sus narraciones ha pasado, es cierto, el buen tiempo de la raza helénica. Mas descargados los motivos épicos, las simientes míticas de todo valor dogmático no solo perduran como espléndidos fantasmas insustituibles, sino que ganan en agilidad y poder plástico. Hacinados en la memoria literaria, escondidos en el subsuelo de la reminiscencia popular, constituyen una levadura poética de incalculable energía.»
Caza Salvaje va de un trampero, Charles Bronson, al que las circunstancias convierten en chivo expiatorio de una comunidad culpabilizada por sus vicios. El policía, Lee Marvin, es el encargado de reconducir la situación para que no se salga del terreno de la lógica. La gracia del asunto es que el chivo expiatorio se convierte en azote de la masa viciosa sin que el policía pueda hacer nada por evitarlo. Es tema recurrente que ha producido miles de versiones a lo largo de la historia de la novela y el cine. Los Hermanos Grim produjeron una versión del asunto a la que dieron el título, que hizo fortuna, de Caza Salvaje. Por lo visto está inspirado en una leyenda medieval nórdica que se difundió por toda Europa: los espíritus del mal desparramándose entre las gentes para destruirlas.
Tema recurrente, como les decía, en la novela y el cine, pero, sobre todo, es recurrente en la realidad. ¿Se acuerdan ustedes de la saña con la que la mayoría de la gente perseguía a los que no se querían vacunar de la mierda esa del covid? No había la menor lógica en ello, pero, por razones misteriosas, los espíritus del mal se habían apoderado de la gente y les hacían comportarse como auténticos salvajes. Como en la película, el chivo expiatorio salió indemne, pero entre la masa perseguidora se produjo —se está produciendo todavía— una verdadera escabechina. Sin embargo, ahora, cuatro o cinco años pasados ya, nadie quiere que le nombren a la bicha; la quieren, ahí, dormida en el fondo de sus conciencias... como si eso fuese posible.
Así son las cosas de este mundo. Por más que nos empeñemos en buscar soluciones mágicas, nunca lograremos escapar de la realidad de que no hay más Dios que el cumplimiento de las leyes no escritas del cielo, ni más chivo expiatorio que el pagar por nuestras culpas. No otra cosa es lo que, en definitiva, nos vienen a decir esos mitos cardinales que perduran como espléndidos fantasmas insustituibles.
Y colorín, colorado...
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