«La quise y la rondé desde muchacho
y la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura.
Su unión con Dios realza su nobleza,
siendo dueño de todo quien la ama;
es confidente del saber divino y selecciona sus obras.
Si la riqueza es un bien apetecible en la vida,
¿quién es más rico que la sabiduría, que lo realiza todo?
Y si es la inteligencia quien lo realiza,
¿quién es artífice de cuanto existe más que ella?
Si alguien ama la rectitud, las virtudes son fruto de sus afanes;
es maestra de templanza y prudencia, de justicia y fortaleza;
para los hombres no hay en la vida nada más provechoso que esto.
Y si alguien ambiciona una rica experiencia,
ella conoce el pasado y adivina el futuro,
sabe los dichos ingeniosos y la solución de los enigmas,
comprende de antemano los signos y prodigios,
y el desenlace de cada momento, de cada época.
Por eso decidí unir nuestras vidas
Seguro de que sería mi consejera en la dicha,
mi alivio en la pesadumbre y la tristeza.
....
Gracias a ella alcanzaré la inmortalidad
y legaré a la posteridad un recuerdo imperecedero.»
Uno se ha pasado gran parte de la vida persiguiendo a esa señora con la ilusión de que al final la podría conseguir y, en estas postrimerías, ya he comprendido que eso no es posible... a no ser que tengamos por tal el socrático «sólo sé que no sé nada». En cualquier caso, sin perseguir esa ilusión, la vida hubiera sido mucho menos que nada, como dice el bolero. Porque fue esa persecución la que me apartó de la multitud de imbecilidades a las que me empujaba mi soberbia de mancebo, la que me llevaba a creer que lo sabía todo porque así me lo daban a entender los que me reían las gracias.
En definitiva, perseguir la sabiduría es lo único que puede colmar ese afán de trascendencia, o de perdurar en el recuerdo, que, por lo que sea, es la marca por antonomasia de nuestra especie. Claro que, para dar con la fórmula adecuada para que esa persecución sea efectiva...
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