Lo de los judíos es muy diferente. Ellos son una minoría insignificante que ha dejado, y deja, una impronta en el mundo imborrable. Y es muy fácil, a mi juicio, el entender por qué ha sido, y es, así. Lo primero que hacen los judíos cuando llegan a la tierra prometida es hacer un templo con una cámara sagrada, que llaman tabernáculo o algo así, en la que guardan el Arca de la Alianza, dentro de la cual están las Tablas de la Ley. Señoras y señores, no se engañen, toda la religión judía estriba en eso, en la ley: la cumples o no la cumples; eres respetado o eres despreciado, tú y tu familia por ocho generaciones. Y no hay más.
Del respeto de la ley es de donde procede la alianza entre los humanos. Uno solo se fía de quien la respeta. Cuestión de confianza, en definitiva. Por eso, para un judío no hay prioridad que se pueda comparar a la educación de los hijos, porque saben que lo más difícil de enseñar a una persona es el respeto de la ley, lo cual no es otra cosa que la sabiduría o, también, la riqueza suprema.
Así que, a los que sueñan con destruir a los judíos, desde aquí les digo que vayan despertando a la realidad. Todo este circo de moros y cristianos que tratan de esconder su corrupción —desprecio de la ley— detrás del folclore religioso no les va a servir de nada. ¿Se puede concebir algo más ridículo, por poner un ejemplo, que ese baldaquino de Bernini en la basílica vaticana? Intentando expresar la grandeza de Dios, dicen. ¡Qué chorrada! Dejen ustedes de robar y de dar cobertura ideológica a los tiranos y sabrán lo que es la grandeza de Dios, cualquier cosa que pueda ser esa entelequia más allá del respeto de las leyes no escritas del cielo.
Por eso queremos matar a los judíos, porque son los únicos que no son educados para el autoengaño. No lo podemos soportar: son un espejo que nos devuelve una imagen horrible, todo trampa y cartón, de nosotros mismos.
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