viernes, 8 de mayo de 2026

Mi nieto

Ayer fue para mí un día bastante extraordinario. El día anterior me había llamado mi nieto, que anda por aquí, para quedar. Vino al medio día, estuvimos aquí en casa de cháchara, luego dimos una vuelta por el muelle del Pesquero y, acto seguido, nos fuimos a comer. El chaval tiene veintitrés y ya hace cuatro que se mueve por el mundo como Perico por su casa. Desde Navidad ha estado en Londres, donde viven sus padres, y, ahora, anda de paso por aquí, camino de la República Dominicana. Estos últimos cuatro años ha vivido mayormente en Medellín, la que dicen ciudad de la eterna primavera. Se dedica a algo relacionado con la cosa digital; un día me explicó en qué consistía el asunto, pero no entendí nada. Sea lo que sea, lo que cuenta es que desde hace cinco o seis años es completamente independiente a efectos pecuniarios. Así es que nada de extrañar tiene que dé muestras de una madurez fuera de lo común... siendo para mí lo común el recuerdo que tengo de mí mismo cuando tenía la edad que ahora tiene él. 

La última vez que le vi, hablando de libros, le dije que el que más merecía la pena era la Biblia. Entonces me preguntó si yo era creyente. Le contesté que la Biblia nada tenía que ver con eso, que el que quiere creer en algo, ya sea en la Biblia o en el Espagueti Volador, que también tiene devotos, es porque necesita creer en algo para no enfrentarse a la realidad. Parece ser que tomó nota de lo que le dije y estos últimos tiempos anduvo leyendo el libro. Por eso quería comentarlo conmigo. Y, yo, la verdad, pocas cosas me podrían haber agradado más porque, en mi vanidoso fuero interno, tiendo a pensar que estoy bastante puesto en el tema. En fin, consideraciones personales al margen, lo importante es que el nieto escuchaba al abuelo, cosa que se pude asegurar dadas las interrupciones que me hacía de vez en cuando para cuestionarme algo de lo que le acababa de decir. 

Yo no sé lo representativo que pueda ser este chaval de los de su generación. Lo que sí puedo decir es que sabe dar la impresión de que ha tomado el toro por los cuernos: su vida es su vida. Y todo eso de las cuestiones sociales que tanto nos preocupaban a los de mi generacíón, para él parecen no existir más allá de las aficiones futbolísticas. Me dijo que ya sabía que a mí el futbol nunca me había interesado. Le contesté que si hubiera tenido una constitución física como la suya lo más seguro es que sí me hubiese interesado. Pero como estoy hecho como estoy hecho, añadí, no me quedó más remedio que refugiarme en los libros. Supo captar el chiste. 

En el restaurante dijo que la ensalada estaba deliciosa, una adjetivación muy inglesa, y, el filete que le trajeron después, apenas lo cató; se limitó a pedir a la camarera que se lo pusiese en un táper para llevárselo a casa. Por supuesto que para beber pidió agua. No quiso postre. Me despidió a la puerta de casa con total naturalidad, como si nos viésemos todos los días, y se fue con su bolsa de comida a por una bicicleta para ir a casa de su abuela donde se está quedando. 

Como digo, no sé lo indicativo que este chaval será de su generación. Supongo que bastante. En cualquier caso, a años luz de la mía. Infinitamente mejor, juraría. ¡Porque mira que éramos mierdas! ¡Todo el día echando la culpa a los otros de nuestras miserias! 

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