Comentábamos esta mañana a propósito de la novela japonesa Genji Monogatari. No mucho después de haberse ido Jacobo a vivir a Japón me mandó el libro de Edwin Oldfather Reischauer: Japón: Historia de una Nación. Yo se lo recomendaría —ya está traducido al español— a cualquiera que quiera hablar con algún conocimiento de causa sobre ese país, más allá de las cuatro patochadas que aporta el turismo o los videos de YouTube. Por supuesto que Reischauer se detiene un buen rato, como no podría ser de otra manera, en la literatura. ¿Cómo entender una sociedad sin conocer su literatura? Curiosamente, el Japón de hace mil años tiene, entre otras, dos obras literarias que, a mi juicio, se adelantan en unos cuantos siglos a la literatura occidental: Genji Monogatari y El Libro de la Almohada. Como por entonces iba bastante a Londres aproveché para comprar el Genji. Lei las cien o doscientas primeras páginas y empezó a cansarme, pero, de entrada, aluciné; decidí retomarlo más adelante, pero nunca lo hice. Está escrito por una cortesana y relata la vida en la corte. En definitiva, en la corte japonesa, como en la de los reyes hebreos que relata la Biblia, otra cosa no, pero follar, eso, a destajo. ¡Dios mío, lo que han podido llegar a follar los reyes! No sé si todos, pero la mayoría, seguro que sí... seguramente, no hay nada como esa lascivia desatada para expresar la decadencia.
El caso es ese, que los japoneses hace ya mil años que, de alguna manera, se vencieron a sí mismos haciendo el relato pormenorizado, descarnado, digamos que psicológico, de su decadencia. Los occidentales tuvieron que esperar al renacimiento para alcanzar esas cotas, si es que las alcanzaron, que lo dudo. Y todo eso, supongo, es en donde está la raíz de las diferencias que, según cuentan, hay entre aquella y esta sociedad. Una sociedad, como una persona, evoluciona en la medida que se autoanaliza, que es para lo que, pienso, sirve la literatura... no toda, por cierto, que la que es para chachas, más que para autoanalizarse sirve para afianzarse en las propias miserias espirituales. Pero, bueno, en fin, ¡y qué le vamos a hacer!
El que leí de cabo a rabo, que también me lo mando Jacobo en la edición inglesa de Penguin, fue The Pillow Book. Ya dediqué en este blog algunas entradas a comentarlo. Escrito también por una cortesana, para mí podría ser el libro por antonomasia de la feminidad que no del feminismo. Por eso se lo di a mis nietas, que son inglesas y andan por los veinte, para que tengan algún tipo de contrapunto al discurso imperante. En fin, vete a saber si lo leerán y, en tal caso, que sacarán de su lectura.
En resumidas cuentas, una sociedad es lo que es en función de su literatura y lo que se lee esa literatura. Me gusta imaginar lo que podría ser este país si a la gente del común le diese por leer y leer y leer, el Quijote. Nadie en Occidente nos llegaría a la suela de los zapatos, lo mismo que ningún otro libro producido en Occidente le llega al Quijote.
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