Claro está que el sistema político en el que nos hallamos inmersos tiene como eje de su eficacia la destrucción del individuo por medio de la propaganda. No creo que esto sea algo nuevo y, eso, por más que la tecnología haya dado poderosas herramientas a las élites dominantes para que la propaganda nos entre con una vaselina que nos hace vivir con la ilusión de que somos dueños de nuestro destino. Personalmente, cuando oigo a algún pringao invocar la democracia, automáticamente pienso: este tío ni siquiera es un sinvergüenza, es, sencillamente, un tonto del culo. Que la invoque un mandamás, me parece natural por las mismas razones que las élites, hasta el que se conoce como siglo de las luces, invocaban la religión. ¿Qué diferencia hay entre un púlpito y una televisión? Hasta donde se me alcanza, ninguna. Los dos artefactos sirven por igual para difundir la religión, ideología, o como lo quieran llamar, que convierte a los individuos en borregos. En realidad, para qué nos vamos a engañar, nunca ha habido otra forma de mantener más o menos sosegadas a las sociedades que aborregándolas por medio de una religión del tipo que sea... es decir, por medio de una mentira... o de vivir en la oscuridad, si mejor quieren.
Sigo bebiendo, a pequeños sorbos para mejor saborearlo, las Meditaciones del Quijote de Ortega. Para mí, ese libro y Oráculo Manual, Arte de Prudencia de Gracián son la cúspide del pensamiento descarnado en mi propio idioma; luego, por supuesto, está El Quijote, que es lo mismo, pero con carne. En cualquier caso, leer esos libros es, pienso, la mejor forma que tenemos de dar con el portillo del caer en la cuenta, que es el primer paso de este negocio, el segundo paso es saltar por él para escapar del rebaño.
Transcribo a Ortega:
«Cantaba Goethe:
"Yo me declaro del linaje de esos / que de lo oscuro hacia lo claro aspiran.
Y a la hora de morir, en la plenitud del día, cara a la primavera inminente, lanza en un clamor postrero un último deseo, la última saeta del viejo arquero ejemplar:
¡Luz, más luz!
Claridad no es vida, pero es la plenitud de la vida.
¿Cómo conquistarla sin el auxilio del concepto? Claridad dentro de la vida, luz derramada sobre las cosas es el concepto. Nada más. Nada menos.
Cada nuevo concepto es un nuevo órgano que se abre en nosotros sobre una porción del mundo, tácita antes e invisible. El que os da una idea os aumenta la vida y dilata la realidad en torno vuestro. Literalmente exacta es la opinión platónica de que no miramos con los ojos, sino al través o por medio de los ojos; miramos con los conceptos. Idea en Platón quería decir punto de vista.
Frente a lo problemático de la vida, la cultura —en la medida en que es viva y auténtica— representa el tesoro de los principios. Podremos disputar sobre cuáles sean los principios suficientes para resolver aquel problema; pero sean cualesquiera, tendrán que ser principios. Y para poder ser algo principio, tiene que comenzar por no ser a su vez problema. Esta es la dificultad con que tropieza la religión y que la ha mantenido siempre en polémica con otras formas de la humana cultura, sobre todo con la razón. El espíritu religioso refiere el misterio que es la vida a otros misterios todavía más intensos y peraltados. Al fin y al cabo, la vida se nos presenta como un problema acaso soluble o, cuando menos, no insoluble. La religión nos propone que lo expliquemos por medio de misterios, es decir, de problemas formalmente insolubles. El misterio nos lleva de lo oscuro a lo tenebroso. El misterio es la lujuria de la oscuridad.»
No sé qué más se podría decir al respecto. Bueno, sí, que para entender que es eso del concepto en toda su dimensión, quizá, lo mejor sería echar un vistazo a Los Elementos de Euclides. Para poder resolver los problemas de geometría lo primero es tener una idea exacta de lo que es el punto, la línea, el plano, el círculo, etc. Por eso las primeras páginas están dedicadas a dejar nítidos los límites de esos conceptos.
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