En nuestras conversaciones mañaneras de punta a punta del continente Euroasiático, tratábamos ayer del asunto España. O sea, de este vivir sin vivir en mí, que es un sinvivir. A través de los siglos, cual si fuéramos niños, estamos con el te junto, no te junto. El motivo que nos había llevado a ocuparnos de este manido tema no era otro que el estar leyendo yo Las Meditaciones del Quijote y Jacobo Japónicus La España Invertebrada, las dos de Ortega.
Japónicus lo ve claro, las diferentes regiones de España se juntaron a raíz del descubrimiento de América por la sencilla razón de que ese descubrimiento trajo negocio para todos. Si no hay negocio, no te junto. Cuando se acabó el negocio de América se trató de salvar el invento de España por medio de las políticas económicas conocidas como mercantilistas. O sea, como cuenta Baudelaire en sus memorias, los españoles tienen que comprar los calzoncillos a los catalanes en vez de a los ingleses por más que sean mucho peores y diez veces más caros. Así es como se consiguió tener a Cataluña callada. Franco hizo lo mismo: más mercantilismo. Y cuando se empezaron a abrir los mercados, de inmediato comenzaron a resurgir las pulsiones separatistas.
Dice Ortega que lo que tenemos que hacer los españoles para sosegarnos es lo que hacían los marineros del Mediterráneo para neutralizar el canto de las sirenas, o sea, cantarlo al revés. Así debemos, nosotros, «cantar a la inversa la leyenda de la historia de España, a fin de llegar a su través hasta aquella media docena de lugares donde la pobre víscera cordial de nuestra raza da sus puros e intensos latidos». La verdad es que Ortega es, con frecuencia, un tanto redicho; a Sánchez Ferlosio le ponía de los nervios.
Sigue Ortega: «Una de esas experiencias esenciales es Cervantes, acaso la mayor. He aquí una plenitud española. He aquí una palabra que en toda ocasión podemos blandir como una lanza». El Quijote, digo yo, es lo que podría, perfectamente, convertir a los españoles en otro "pueblo del libro", más o menos como los judíos lo son respecto de la Biblia. Hace ya muchos años que lo pienso, que si los españoles creciesen estudiando los significados ocultos en el Quijote, como hacen los judíos con la Biblia, seríamos el pueblo imbatible. ¿Qué país tiene un libro que se le pueda parecer al Quijote, ni siquiera de lejos?
En fin, el caso es que, tanto Japónicus como yo, venimos escuchando de un tiempo para acá los razonamientos del profesor Bastos sobre las ventajas e inconvenientes que traen aparejados los tamaños de las naciones. Y parece bastante convincente la idea de que, por lo general, big is not always better —no siempre es mejor lo mayor—. De hecho, la grandeza de Europa se construyó cuando estaba formada por cientos de territorios independientes. Como la Italia del Renacimiento. O sin ir más lejos, la España de la Reconquista.
Resumiendo, que no se le debiera dar tantas vueltas al asunto de la Unidad de España. Si les conviene a las partes ya se juntarán de buen grado. Si piensan que no les conviene, cada uno en su casa y Dios en la de todos. En cualquier caso, los vecinos siempre han comerciado entre ellos, lo que, a la postre, es el único cemento que funciona, siempre y cuando, claro está, a ese cemento no se le mezcle con la arena de las regulaciones.
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