Una de las cosas, no sé si terrible o benéfica, de la vejez es la falta de conciencia de la pérdida de facultades mentales; de las físicas, como son tan obvias, no hay problema. Recuerdo al Sr. Emilio, de Moarbes de San Pedro, al que visité un par de veces cuando ya tenía cien años. La primera vez me estuvo enseñando la casa que había construido con sus manos al volver de la guerra, y en cuya planta baja todavía se conservaban en perfecto estado las instalaciones de la industria maderera que había sido su modus vivendi. Me contó que, en la actualidad, si hacía bueno, le decía a su hija que le preparase algo de comida y con ella en un cesto se iba en bicicleta a pasar el día en un huerto que tenía en Santibañez de Ecla, a cinco o seis kilómetros de distancia. La verdad es que me dio la impresión de estar en muy buenas condiciones. A los pocos días pasé por delante de su casa y, como le vi sentado a la puerta, paré a saludarle. El hombre estaba desconsolado; me dijo que tenía ya preparada la bicicleta para ir al huerto y que había entrado en casa a recoger la comida y que, cuando había salido para irse, ya no estaba la bicicleta; alguien se la había robado. Después, me contó su hija que se la había llevado discretamente la guardia civil a instancias suyas porque se quedaba muy preocupada cada vez que su padre se iba al huerto en ella, porque, añadió, tenía grandes lagunas de memoria y era seguro que algún día no iba a saber volver.
El caso es que, a última hora, antes de retirarme, tengo por costumbre sentarme a hacer solitarios mientras escucho música. Suelo hacer uno que llaman carta blanca que, por lo general, no da problemas, pero que de vez en cuando se atraviesa y te hace echar humo por la cabeza. Anoche fue una de esas veces. Llevaba ya una hora con él y, como ya era tarde, lo dejé y me fui a la cama con la intención de retomarlo por la mañana. Esta mañana me he puesto con él y en menos de dos minutos lo he resuelto. He pensado que lo más probable es que fuese el cansancio de la jornada el que anoche me impidió resolverlo. Y no es que no venga notando por las tardes, desde hace ya mucho, el cansancio acumulado del día, pero tiendo a pensar que ese cansancio es mayormente físico sin darme cuenta de que, seguramente, es mucho mayor el mental.
Sea como sea en mi caso, que no soy yo quién para valorarlo, de lo que no me cabe duda es de la gente mayor que suelo tratar, aunque cada vez menos porque me deprime, tiene bastante perdida la chaveta. El otro día, me decía uno que sigue utilizando el coche como si tal cosa: cuando me lleve un susto dejaré de conducir. Me quedé callado, pero pensé para mis adentros que el problema no era que el susto se lo llevara él, sino que se lo diese a otro. Y como esta, les podría contar mil anécdotas. Porque ese es el caso, que tenemos olfato para apreciar el deterioro de los demás, pero el nuestro se nos escapa.
En fin, nostalgia de aquella edad de oro en la que todavía no se había instaurado en el mundo eso que llaman marxismo cultural y los viejos vivían en su casa de toda la vida rodeados de su familia y trabajando en la medida de sus posibilidades. En aquel entonces, que yo conócí en mi infancia rural, no había por qué preocuparse por estos asuntos que les traigo hoy a colación porque eran baladíes.
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