Decíamos ayer que la cultura viva, la verdadera, no es otra cosa que el tesoro de los principios. Los principios son las herramientas que nos permiten resolver problemas. Por eso, la principal característica de un principio tiene que ser que no sea problema el mismo. Tienen que ser claros como el agua, como, pongamos por caso, los teoremas de geometría. El teorema conocido como de Pitágoras es un principio impepinable y, por eso, es herramienta que ayuda a resolver infinidad de problemas. Tengo que confesar que, para mí no hay pasatiempo, aparte de la guitarra, como intentar resolver un problema de geometría; siempre que tengo que hacer tiempo por cualquier motivo, saco el móvil y busco un problema de esos... a veces consigo que la cabeza me eche fuego.
La cuestión de los principios la dejó niquelada Pessoa cuando dijo que los únicos problemas que tienen solución son los matemáticos. Y eso es porque las matemáticas son la única materia que tiene principios de hormigón armado. Todas las demás materias, las que no precisan de las matemáticas para sustentarse, tienen los principios de barro. De pronto, un día, generalmente cuando ya eres viejo, caes en la cuenta de esta realidad incuestionable y todo cambia para ti. Y cambia porque ya no quieres seguir siendo un idiota que se muere por hacer eso que llaman socializar.
Socializar, ¿qué es eso? Pues muy sencillo, darse la razón los unos a los otros utilizando principios con pies de barro: todos de cabeza al precipicio. Si uno se pone a analizar, ya sea la propia vida, ya sea la historia de la humanidad, no tardará en darse cuenta de que tanto la una como la otra son una sucesión ininterrumpida de fracasos o equivocaciones, precisamente, por haber razonado con principios con pies de barro. Esto es algo tan obvio que por eso es que haya desde hace miles de años filosofías, generalmente orientales, que preconizan la no acción. Dejar que la vida, la historia, siga su curso sin meter nuestras pezuñas por medio con la intención de mejorarlas.
He dicho, generalmente orientales: perdonen el lapsus. Porque, ¿qué es el mito prometeico sino una invitación a la no acción? Todo lo que maquinamos con la intención de mejorar nuestra vida, irremisiblemente nos lleva a un encadenamiento que nos impide huir del águila que viene a roernos los hígados. Solo el sueño reparador alivia nuestros tormentos.
En fin, allá cada cual en cómo se las apaña para esquivar al águila... yo, la verdad, no veo a muchos que lo consigan.
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