Hace ya muchos años, más de cuarenta, lei un libro, del que no recuerdo nombre ni autor, que me impactó bastante; se trataba de la evolución del conocimiento desde las cavernas hasta nuestros días. En definitiva, de cómo los humanos habíamos ido robando fuego a los dioses en el inútil intento de querer parecernos a lo que suponemos que son ellos... bueno, esto lo digo yo que no el libro, que tampoco mencionaba los sufrimientos que hemos tenido, y tenemos, que padecer a causa de la muy difícil gestión de todo ese fuego robado. Me vino todo esto a la memoria a propósito de un párrafo de las Meditaciones del Quijote:
«LA REALIDAD, FERMENTO DEL MITO
La nueva poesía que ejerce Cervantes no puede ser de tan sencilla contextura como la griega y la medieval. Cervantes mira el mundo desde la cumbre del Renacimiento. El Renacimiento ha apretado un poco más las cosas: es una superación integral de la antigua sensibilidad. Galileo da una severa policía al universo con su física. Un nuevo régimen ha comenzado; todo anda más dentro de la horma. En el nuevo orden de cosas las aventuras son imposibles. No va a tardar en declarar Leibniz que la simple posibilidad carece por completo de vigor, que solo es posible lo compossibile, es decir, lo que se halle en estrecha conexión con las leyes naturales. De este modo lo posible, que en el mito, en el milagro, afirma una arisca independencia, queda infartado en lo real, como la aventura en el verismo de Cervantes.»
En aquel libro que les mentaba, se dejaba claro que si hay un momento que marque un antes y un después en la historia de la humanidad ese es el día en el que un tipo llamado Galileo se quedó absorto contemplando un objeto que oscilaba atado en el extremo de una cuerda. Se puso a investigar y pudo comprobar, contrastándolo con los latidos de su corazón, que si cambiaba la amplitud de la oscilación daba igual: el tiempo siempre era el mismo. Acababa de inventar la ley del péndulo y, con ello, la posibilidad de medir el tiempo con exactitud, o sea, justo lo que se le había venido escapando a la humanidad desde la noche de los tiempos. A partir de ese momento ya se podría relacionar con números el tiempo y el espacio, las dos magnitudes que constituyen nuestra realidad: había inventado la física y, para demostrarlo, se subió a lo alto de la torre de Pisa no sin antes haber puesto un observador con un péndulo frente a la ventana de cada piso. Dejó caer una piedra desde lo alto y mando a los observadores que midiesen el tiempo preciso al pasar por cada ventana de cada piso. Entonces, comprobó que cuanto más abajo estaba la ventana más rápido pasaba la piedra. Había descubierto que los cuerpos al caer sufren una aceleración al aproximarse a suelo. A partir de ahí ya vino una verdadera orgía de poner números a los fenómenos naturales. Y, a los fenómenos que no se les podía poner números, era, sencillamente, porque todavía no se había dado con el procedimiento para hacerlo. Digamos que se había desatado el optimismo.
En ese momento es cuando Cervantes escribe el Quijote para decirnos que se ha acabado la fiesta. Podéis seguir creyendo en gigantes, marías santísimas o lo que queráis, pero así vais a ir por la vida de batacazo en batacazo. Y nos lo dice con vaselina, pero ni aun así se le lee por la sencilla razón de que se vive mucho mejor somiant truites, como dicen los catalanes, que agarrando a la realidad por los cuernos.
En fin, ya va siendo hora de que la gente del común se vaya enterando de que Galileo existió.
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