El otro día iba caminando por la acera y notaba que pegado detrás de mí venía alguien en bicicleta hablando con un cierto tono de protesta. Me volví y vi que era una pareja, por los treinta o así, con un niño. Se me ocurrió sugerirles que dada la aglomeración de peatones que había lo mejor que podían hacer era ir caminando. ¡En mala hora se me ocurrió! El tipo se puso como un energúmeno y me amenazó de todo menos de muerte. Y la mujer, que era la que llevaba el niño, gritaba como una histérica que hiciesen carriles bici. Pensé que, sin duda, estaban desesperados por las razones al uso. La primera, por supuesto, la falta de inteligencia y, a partir de ahí, lo que ustedes quieran, adobado todo ello por las tácticas ponzoñosas del marxismo cultural.
Lo de la falta de inteligencia es un argumento que solemos emplear demasiado a la ligera. Los americanos, sobre todo, son muy dados a los test que indicarían con cierta verosimilitud el grado de inteligencia de la persona testada. Creo que lo llaman IQ —coeficiente intelectual—. Personalmente, nunca he creído mucho en ese tipo de termómetros. Siempre he pensado que, salvo excepciones, todo el mundo es inteligente para unas cosas y tonto de remate para otras. En lo que me suelo fijar para valorar a alguien es en cómo le va en la vida a él y a sus hijos si los tiene.
Aquí nos encontramos con otra expresión ambigua; ¿qué es eso de irte bien en la vida? Es algo con tantos componentes subjetivos que no hay forma humana de dar una definición. Así todo, de una persona que tiene resuelta la manduca, se lleva bien con los vecinos y, sobre todo, sus hijos pitan, se puede decir que le va bien en la vida. Porque ya puede haber tenido todo el éxito que quieran en sus negocios que, como los hijos no piten, será un puto desgraciado gastando todas sus energías en disimular.
Y aquí, para no seguir a ciegas, conviene dejar claro en que vendría a consistir el marxismo cultural. Pues se lo diré, para mí consiste, sobre todo, en ese intento absolutamente absurdo de liberar a los padres de la responsabilidad de educar a sus hijos. Es eso que llaman educación pública. Para que nadie se quede atrás, como se suele decir. Y, además, para que los padres tengan todo el dinero y tiempo posible para ir al bar. Con este sistema, cuando los chicos no pitan, los padres no tienen por qué sentirse culpabilizados, en el peor de los casos tristes, porque ha sido el sistema el que ha fallado.
Educación pública y sanidad pública. Recuerdo al ínclito filósofo Savater, niño comilón donde los hubiese, argumentando que podíamos comer, beber y fumar a nuestro antojo porque, si nos pasaba algo por ello, ahí estaba la sanidad pública para cubrirnos las espaldas. Ya saben, la regla número uno del marxismo cultural: aquí hemos venido a disfrutar.
En fin, perdónenme estas divagaciones metafísicas sin la menor pretensión de tener razón alguna ni llegar a ningún lado; solo un inocente ejercicio de desahogo.
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