lunes, 4 de mayo de 2026

El tren de las tres y diez

Hay una cadena de televisión regional que debe de ser propiedad de la Iglesia. La suelo mirar porque a media tarde suele poner películas sin anuncios o concursos de bolos que me retrotraen a la infancia. Generalmente, no aguanto mucho ni con unas ni con otros, pero a veces me engancho, como fue el caso de ayer que se trataba de un western protagonizado por dos gigantes de la interpretación, Van Heflin representando el bien y Glen Ford en el papel del diablo. En realidad, toda la ficción que ha producido el mundo desde que es mundo no consiste en otra cosa que esa lucha sin final posible entre el bien, asociado siempre al sufrimiento, y el mal corriendo parejas con los placeres sin fin. Por supuesto que toda esa ficción ha sido creada con la intención de adoctrinar al vulgo con la idea de que el bien siempre triunfa sobre el mal, una ilusión que nos permite seguir tirando hacia delante. Pero, ya digo, una ilusión: la realidad es que el bien y el mal conviven en un ten con ten que les mantiene en un estado de continua tensión. Esa idea de que Dios impera sobre el diablo es la parte más infantil de todas las religiones. 

En cualquier caso, toda la ficción, como digo, descansa en esa tensión entre el bien y el mal que es inagotable, precisamente, porque es parte constitutiva de cada uno de nosotros: todos, absolutamente todos, puestos en las circunstancias adecuadas, podemos tirar hacia un lado o el otro sin que nuestra voluntad pueda hacer nada al respecto. Las circunstancias son las que hacen al héroe y, también, al villano. Ya saben aquello que dijo el filósofo: yo soy yo y mis circunstancias. 

Esa tensión entre el bien y el mal, digo yo que traerá causa de la pulsión biológica que encamina los actos de casi todo lo que vive hacia la conservación de la especie. Y digo casi porque, por razones que desconozco, hay seres vivos en todas las especies que tienen una propensión natural hacia la aniquilación. A veces, como hemos visto en numerosas ocasiones a lo largo de la historia, este tipo de propensión se propaga por los espíritus como una enfermedad contagiosa... la naturaleza es sabia y tiene razones para hacer lo que hace que nosotros los humanos no podemos comprender. 

De todas las maneras, al menos nosotros los humanos tenemos una cosa que se llama razón. La razón es al algo con lo que, en teoría, podemos interactuar con la naturaleza para modificar en cierta medida sus designios. Pensamos que si hacemos ciertas cosas —controlar nuestros deseos principalmente— no ponemos en peligro la continuidad de la especie, o sea, que estamos haciendo el bien. Por contra, cuando nos dejamos arrastrar por nuestras pasiones secretas, aun sin querer reconocerlo, tenemos la convicción íntima de que estamos contribuyendo a hacer un mundo peor.

En la película de la que les hablaba, El tren de las tres y diez, Van Heflin, el bien, es un granjero que tiene mujer e hijos y las pasa canutas para sacarlos adelante. Por contra, Glen Ford es un forajido simpático que se dedica a asaltar diligencias y seducir mujeres; nada le ata al mundo que no sea satisfacer sus caprichos. En fin, lo de siempre para que el argumento prospere: el granjero soluciona su problema entregando al forajido a la justicia. Al final de la película hay un detalle esclarecedor; nadie es tan malo que esté incapacitado para tener un destello de compasión. En fin, cosas de la ficción que necesita sus reglas para funcionar.  

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