Hace unos meses murió la mayor de mis hermanas. Como, por un lado, no tenía descendencia y, como por otro, tenía un cierto patrimonio, nos lo dejó repartido entre los diversos familiares, amén de la Iglesia de la que era muy devota. Se lo cuento porque, con motivo de querer tomar posesión de la parte que me corresponde —dinero invertido—, ayer tuve que pasarme la mañana de banco en banco para, a duras penas, pergeñar la estrategia que, en un futuro, no sé cuan lejano, me permitirá apoderarme de lo que por derecho es mío.
Les he contado esta anécdota, sin el menor interés aparente, porque a donde quería llegar es a hacer algunas consideraciones sobre la realidad de nuestro presente. Para empezar, les diré que en mi peregrinaje de ayer por la mañana no dejé ni un solo momento de sentirme un personaje de una novela de Kafka; es decir, atrapado sin remisión en un engranaje de papeleos absurdos cuya única finalidad es que mucha gente tenga algo que hacer para así olvidarse de que se está muriendo... como por otro lado es el noventa y nueve con nueve de los trabajos actuales que, ya, merced a los avances tecnológicos, nada tienen que ver con la supervivencia... o sea, que el asunto de la manduca no representa ni siquiera el uno por ciento del producto interior bruto de cualquier país medianamente desarrollado. Hoy día, lo que se considera riqueza es poder estar entretenido con chorradas que te hagan olvidar que todo lo que está vivo ineludiblemente se está muriendo.
Por supuesto que todas las personas que me atendieron en los diferentes lugares eran del género femenino. Eso sí, todas muy bien trajeadas, con la pretensión, supongo, de querer camuflar sus morbideces... lo que llaman el eterno femenino. Comparo a esas pobres mujeres con mi madre, que era ama de casa, y me doy cuenta de cómo han degradado su vida. En realidad, juraría, en esa degradación estriba el gran problema social que los partidos políticos se empeñan en solucionar por medio de los más estrambóticos remedios. Si esas pobres mujeres estuviesen en su casa reinando sobre su prole, se acabarían los problemas; si no todos, al menos, los que de momento tienen a la apestosa clase política tirándose los trastos a la cabeza los unos a los otros.
¿Pero cómo no se dará cuenta la gente de que lo que se dio en llamar liberación de la mujer ha sido un fracaso histórico de proporciones morrocotudas? A la postre, lo único que se ha conseguido es generar una cascada de resentimientos que se nos está llevando a todos por delante. Es el típico resentimiento de quien se siente engañado sin ser consciente del cómo ni del porqué lo ha sido. Por eso disparan a voleo, buscando chivos expiatorios a diestra y siniestra. Da hasta risa escuchar esos alegatos que echan algunas, las más lideresas, por las redes sociales. ¡Por Dios bendito, qué incultura!
Toda esta mierda que nos anega es a causa de que las mujeres están en donde no deberían estar. Si todo ese papeleo lo tuviesen que hacer los hombres ya hace tiempo que se hubiera simplificado porque está en la naturaleza de lo masculino buscar efectividad fuera de casa, lo mismo que lo está en lo femenino buscarla dentro: son los mecanismos encaminados a facilitar la conservación de la especie. No, convénzanse, las mujeres sirven para lo que sirven, que es lo más sagrado. Los hombres, por contra, estamos para lo mundano. Trastocar esos papeles solo trae problemas irresolubles... como el que tengo yo en la mandíbula desde que una mujer se puso a sacarme una muela y, como no tenía fuerza suficiente, hizo palanca y me la descoyuntó, de resultas de lo cual tendré que morir con ese alifafe que me obliga a comer con un cuidado extremo y sujetándome la mandíbula no se me vaya a desencajar y vea las estrellas. ¿Por qué coño tiene que ser dentista una mujer? ¿Es que no hay hombres suficientes para ese oficio que requiere, no solo habilidad, sino también, y sobre todo, fuerza en las manos?
En fin, ya les digo, lean a Kafka y comprenderán un poco mejor este mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario