Cabaña de Theodore John Kaczynski, alias Unabomber
Cabaña de Henry David Thoreau
Lo que va de Theodore John a Henry David vendría a ser lo mismo que va de Ares a Atenea. Trataré de explicarlo.
Tanto Theodore como Henry son dos gigantes en lo que a robar fuego a los dioses hace y, los dos, coinciden en ser conscientes de lo peligroso que es el manejo de ese fuego. No por otra causa es que los dos opten por irse al fondo del bosque en donde se construyen una cabaña con la ilusión de que allí van a estar a salvo de las llamas. Por así decirlo, es su particular manera de declarar la guerra a esa entelequia que viene señoreando el mundo de hace un par de siglos para acá: el progreso. ¿Conocen ustedes a algún chusma que no sea, a su vez, progresista? No falla.
Progresismo aparte, que eso merecería una muy detenida consideración, a lo que ahora quiero ir es a la cuestión de la guerra. La guerra, en contra de lo se suele enseñar en las escuelas de un tiempo —un par de siglos— para acá, es uno de los grandes inventos de la humanidad. Gracias a las guerras se han solucionado conflictos enquistados que, o bien amenazaban la supervivencia de la especie o, algo más liviano, tenían a una parte de la especie emputecida. Pongamos por caso la guerra que es todas las guerras: la de Troya. Dejemos a un a lado el rapto de Helena por Paris que es la hermosa excusa que todas las guerras tienen que inventarse para ocultar a la gente del común las verdaderas causas desencadenantes, poco románticas siempre. Ya saben que el romanticismo es indispensable para convencer a la gente de que merece la pena arriesgar. Pues bien, si la gente de Troya no hubiese exigido tributo a los barcos griegos cada vez que estos pasaban por el estrecho del Bósforo para ir a buscar el grano de las llanuras escitas que necesitaban para sobrevivir, ¿ustedes creen que, entonces, a los griegos les hubiera salido a cuenta la guerra? A buen seguro que no... aunque, tratándose de Historia, no hay nada más necio que ponerse a especular sobre cómo se hubieran desarrollado los acontecimientos si sus prolegómenos no hubiesen sido los que fueron.
Pero a lo que íbamos, a que Theodore y Henry declararon, cada uno a su manera, la guerra al progreso. Y ahí, en «a su manera» es donde entran en juego Ares y Atenea. Y es que los mortales, por si mismos poco pueden; para cualquier cosa importante necesitan del concurso de los dioses. Ya se sabe que, al que se deja, lo llevan de la mano y, al que se resiste, lo arrastran. En este caso a Theodore lo lleva de la mano, o quizá arrastra, Ares, dios de la guerra suicida y, a Henry, lo conduce Atenea, diosa de la guerra sibilina: «no armes la venganza con la amenaza, / sientan el golpe los que te ofendieren / antes que el amago de tus iras».
En cualquier caso, son las circunstancias las que deciden qué Dios te va a llevar o arrastrar. Theodore Unabomber, sin que pueda haber lugar a dudas, es un discípulo frustrado de Henry Thoreau. El siglo de guerra que lleva Thoreau para cuando Theodore se une a la lucha, no parece haber servido de mucho. De ahí, el cambio de táctica: cambiar la pluma por la espada. Es decir, adoptar la postura cervantina; la pluma está bien para pasar el rato, pero para resolver los problemas, saca la espada.
En fin, en estas cosas me puse a pensar a propósito de un vídeo sobre Unabomber que me envío Nacho y, también, del andar estos días, como ya les tengo dicho, con la lectura de la Ilíada. Y ya saben, unas cosas llevan a otras, porque, a la hora de la verdad todo está relacionado con todo, quizá, porque todo es muy poquito.


Fascinante personaje , Unabomber.Efectivamente , cuandi conocí a Thureau, gracias a mi "descubridor" Pedro, sentí que algo muy fuerte los unía. Para estas personalidades hay que nacer. Yo conocía bien la historia de Unabomber, ahora filmada por todo lo grande, Habrá que echarle un vistazo.
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