jueves, 13 de abril de 2023

De poetas

Dijo un poeta hace mil años que / la noche no es quizá más que el párpado del día.

Otro poeta, hace un siglo: 

En cualquier espíritu que no sea disforme, existe la creencia en Dios. /

En cualquier espíritu que no sea disforme, no existe la creencia en un Dios definido. /

Y Él, al que, por indefinido, no podemos asignar atributos, es, por eso mismo, el sustantivo absoluto.


Personalmente, desde que empecé a pensar con dos dedos, tuve entre mis primeras, si no la primera, ideas a dilucidar la del sustantivo absoluto por antonomasia, es decir, Dios. Por eso ha sido que me parezca que no hay pregunta más ridícula que esa de ¿cree usted en Dios? Es imposible definirse sobre lo que por su propia naturaleza es indefinible. En todo caso, la pregunta, pienso, debería ser ¿qué idea tiene usted de Dios? Porque, al ser indefinible, es de todo punto inevitable que haya tantas formas de concebirle como cabezas pensantes hay sobre la faz de la tierra. 

En cualquier caso, es el constructo humano que está en el origen de todo. Allí donde cuatro homínidos se juntaron para mejor defenderse lo primero que crearon fue un Dios cohesionador. Un tótem. Como aquellos niños del Señor de la Moscas a los que una tormenta arrojó sobre una isla desierta. En cuatro días ya adoraban a uno y le ofrecían víctimas para aplacar sus furores. 

Para mí, Dios, y hasta que otra iluminación no venga a desmentirme, es lo que da respuesta a todo lo que no la tiene. Todas esas cuestiones trascendentes que atormentan al ser humano hasta que llega Dios a calmarle. Y entonces, como hiciera el padre Astete, empieza a aplicarle adjetivos a cada cual más superferolítico con la intención, supongo, de ponerle de su parte. Un juego infantil sin mayores consecuencias. 

Porque, el caso es ese, que Dios es algo que se escapa a nuestras posibilidades lingüísticas. ¿Se acuerdan de cuando Wittgenstein les pidió a sus alumnos de Cambridge que le describieran el aroma del café? ¿Lo han intentado ustedes alguna vez? Hubiera sido inútil, porque solo hubieran podido decir que el aroma del café es el aroma del café. Dios, lo mismo. 

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