domingo, 23 de abril de 2023

Esclavos

Se aprendió a manipular el fuego y con ello aumentaron considerablemente las posibilidades alimenticias. Se inventó el garrote y se acrecentó el poder de los más hábiles en su manejo. Después se domesticó el caballo y se pudo abarcar mucho más territorio. Con la invención de la rueda se multiplicaron las posibilidades de llevar cosas de aquí para allá, o sea, de comerciar. Cuando se inventó la escritura fue como si al ser humano le hubiese crecido un órgano que le permitía trasladar fielmente el recuerdo de sus experiencias a las generaciones siguientes. La vela, la máquina de vapor, la electricidad, la asepsia, el motor de explosión, los aeroplanos... el internet. 

Hace ya casi treinta años que vengo usando el internet. De hecho, se podría decir, a primera vista, que mi vida tiene un antes y un después de que el invento entrase en mi vida. Sin embargo, como el haber tenido la manía de escribir dietarios me otorga un plus de memoria, ahora tengo serias dudas de que el vivir enganchado a la red me haya aportado, como tendemos a pensar, grandes ventajas a mi atribulado transitar por este conocido por el vulgo como valle de lágrimas.

Qué duda cabe de que ha sido una herramienta facilitadora de ciertas tareas autoimpuestas. La música y las matemáticas, por ejemplo. Lo que no puedo saber es en qué medida me ha facilitado, porque, al fin y al cabo, son dos empeños en los que la parte del león se la lleva la propia pasión. Y por supuesto que los servicios de la Khan Academy me fueron utilísimos, pero sin las previas lecciones que me dio Amaya en Aguilar de Campoo lo más probable es que me hubiera servido de poco. Lo mismo que la música, que si no hubiese sido por todas las academias y profesores que he frecuentado poco hubiese tenido que rascar. 

El caso es que releyendo mis dietarios observo que, sin ni siquiera saber lo que era el internet, mi vida, en esencia era exactamente igual que la de ahora que, por fas o por nefas, estoy todo el día colgado del invento. Sí, ahora escribo aquí, que es una forma de hacer público lo escrito. Pero, al respecto, es como echar una gota de agua en el océano. Lo que cuenta es la gota de agua y, eso, me cuesta producirla exactamente igual ahora que cuando me la guardaba para mí. 

Y por supuesto que está la cosa esa de la información. ¿Qué es la información? Una vez escuché a un monje de un monasterio de clausura que al ser preguntado si no echaba en falta saber del mundo, contestó que a él qué más le daba enterarse o no enterarse de que Monica Lewinski le había hecho una felación a Clinton. Porque, no se engañen, de ese tipo es toda la información que recibimos de los medios. La verdadera es cuando te sientas en tu casa con un libro de Platón o Aristóteles entre las manos y tratas de aprender a observar el mundo que te rodea. Porque, convéncete, si no te has detenido lo suficiente en la lectura de ese tipo de autores, por mucho que mires para donde mires, lo más probable es que no veas nada. 

Así que, ojo al parche, porque las cosas no son, ni mucho menos, lo que nos quieren hacer creer que son. Uno lee historia, a Heródoto, a Tucídides, a Tito Livio, a Tácito, a Suetonio, a... ¿y de qué se da cuenta? Pues de que en aquellos tiempos remotos las preocupaciones de la gente eran exactamente las mismas que las que tiene ahora. La única diferencia que yo aprecio es que se ha producido una especie de pérdida de conciencia de si mismo. Antaño los esclavos sabían que lo eran y hoy día dudo mucho de que se enteren de que lo son. Porque lo son; de eso pueden estar seguros al cien por cien.  

2 comentarios:

  1. Nunca mejor a cuento, la jodienda no tiene enmienda. Casi todo se resume en esa frase, con sus infinitas derivaciones. Esta mandanga del Internet tiene sus cosas. Me ayuda enormemente con el ajedrez, aunque sospecho que, con Internet, en mis años mozos , hubiera acabado tarumba, no lo quiero ni pensar.

    ResponderEliminar
  2. Pues sí, ayuda, pero cuando no lo conocíamos no lo echábamos en falta.

    ResponderEliminar