Como les iba diciendo ando releyendo los dietarios que escribí hace ya casi treinta años. Y es muy curioso lo que estoy descubriendo. Ya por entonces apuntaba formas de un escepticismo recalcitrante que, sin embargo, no me impulsaba todavía a evitar por todos los medios a mi alcance acceder a cualquier tipo de información, sobre todo, que tuviese que ver con la política y los políticos. Todavía creía por entonces que había televisiones y televisiones, periódicos y periódicos. Me había hecho colocar una parabólica apuntando al Astra y podía ver un montón de canales de todo el mundo. Aunque andaba muy colgado con el canal franco-alemán ARTE, eso no impedía curiosear por los que cantidad de países emitían en inglés, supongo que para hacerse propaganda.
Pues bien, ¿saben qué?, que la impresión que acababa sacando de todo aquello es la misma que saco ahora cuando buscando vídeos de música por YouTube mis ojos caen sobre los titulares de los otros vídeos. Es una impresión completamente desazonante. Por un lado, los vendedores de crecepelos al más puro estilo de los carromatos de las películas del oeste. Por otro, los que están tan mal que solo se consuelan vendiendo la idea de que estamos al borde del abismo. Y poco más.
El mundo es inamovible porque por más cachivaches que se inventen para que "no farte de na", el ánimo insatisfecho es la esencia del ser humano. Y, unos, tratan de salir de ese pozo adoptando una actitud agónica y, los otros, la inmensa mayoría, una actitud jeremiaca. Y de ahí ese balanceo esquizofrénico entre el optimismo de unos y el pesimismo de los otros. Un juego que siempre queda en tablas. Y de ahí el eterno retorno que le dicen.
No queda más remedio que salirse por la tangente e ir a dar en los clásicos. Cada edad tiene los suyos. A la que tengo le vienen como de molde Pessoa y Khayyam. Los leo y vuelvo a leer y me afianzo... ¿o sería más exacto decir que me consuelo? Da igual, porque si algo me enseñan es que es absurdo buscarle tres pies al gato.
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