Leo:
"En torno a mí hay una aureola de frialdad, un halo de hielo que repele a los otros. Todavía no he conseguido no sufrir por causa de mi soledad. Tan difícil es conseguir aquella distinción del espíritu que permite al aislamiento ser un reposo sin angustia."
Cada cual tiene sus adicciones, que no voy a entrar porque hay infinitas diferentes posibilidades y, uno, bastante tiene con las suyas. Y entre ellas, no es la menor la de leer a ratos el Libro del desasosiego de Pessoa que siempre tengo que tener a mano, como un tullido su muleta o un descerebrado su móvil. ¡Y qué le vamos a hacer si así lo quieren los dioses!
Si bien lo consideramos, nada hay en la vida que deseemos tanto, aún sin ser conscientes de ello, como alcanzar una cierta distinción del espíritu. Algo así como esa aureola que la iconografía cristiana pone alrededor de las cabezas de los santos. Aunque bien es verdad que la Santa Madre Iglesia a veces concede esa distinción a personas de más que dudoso gusto. Y ahí es donde está el punto y la madre de todo este asunto que no es otro que la imposibilidad de que el reconocimiento te venga dado desde afuera: esa distinción o te la autoconcedes, o conquistas, por medio de la ascesis o no hay nada que hacer.
Conseguir que la soledad sea un reposo sin angustia: ¡ahí es nada! ¿Cómo puedes verificar algo tan etéreo? De todo punto imposible. Aunque todos podamos intuir en que consiste esa quimera. Incluso, que algunos la persigan con denuedo. Pero es inútil; si escarbas en quienes parecen haberlo logrado, casi siempre les encontrarás algún tipo de inseparable compañero de inconfesable catadura.
En resumidas cuentas, ese reposo sin angustia a la mayoría solo le es dado alcanzarlo en los estados de saciedad. Pero, si llevas varios días sin comer, no podrás parar hasta que encuentres alimentos. En fin, comeduras de coco que no conducen a ninguna parte... que es, justo, a dónde uno quiere llegar.
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