domingo, 9 de abril de 2023

Lo telúrico

Hace años, veintisiete concretamente, mantenía con Santi, que se había ido a Japón, una sustanciosa correspondencia. Le había comentado a propósito de Drácula, la novela de Bram Stoker que acababa de leer y, ahora, releyendo mis dietarios de entonces, me encuentro con su respuesta:

“... y eso no tanto por las mismas recurrencias a la vida diaria que tú observas, sino por el vigoroso entramado literario de sus páginas, a saber: el artificio de que diarios, cartas y notas escritas por los personajes acaben haciendo la novela permite que el punto de vista del narrador gire, como una cámara, recorriendo circularmente todo el paisaje imaginativo alrededor del vampiro, que nunca escribe (porque la escritura es reflexión, pensamiento, y los lados oscuros de nuestro yo no piensan, si no sólo actúan). Esta idea del optimismo dieciochesco de la letra como arma contra lo telúrico, los impulsos destructivos, “naturales” y salvajes, me resulta atractivísima (habida cuenta del camino posterior de la humanidad y de dónde hemos acabado llegando): al principio de la novela el joven atrapado en el castillo escribe: trato de llevar mis ideas a este diario porque si no me volvería loco.”

El asunto éste de los vampiros me empezó a apasionar en los albores de una cierta madurez. Supongo que en ello tuvo que ver mi progresiva conciencia de lo sutil que resulta la pertenencia a ese no por despreciable menos atractivo club. Sin duda, me ayudó en ese desvelamiento la película de Polanski El Baile de los Vampiros. ¿Con qué motivos había acudido yo tantas noches a los bailes en el castillo? Al respecto algo tuvo que ver en ello la ilusión de que el vacío existencial se puede llenar sin necesidad de recurrir a la agonía. La vida acomodaticia siempre acaba dando en eso. 

Quizá, esa naciente conciencia de pertenencia a tan despreciable condición fue la que me incitó a escribir buscando con ello algún tipo de redención. Pero no me engaño, el que fue mordido por una adicción siempre lleva sobre sí la querencia de la recaída. ¡Es todo tan complicado! ¡Les costó tanto a los dioses vencer a la noche y el caos! Lo telúrico, en definitiva. 

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