Esta mañana, tengo que confesarlo, he tenido una hemorragia de satisfacción. Estaba con la partitura de Oblivion y de pronto me he dado cuenta de que ya me empieza a sonar. ¡Condenado Piazzolla! Me tiene completamente hechizado. Es endemoniadamente complicado para mis capacidades interpretativas. Pero, a qué engañarse, sin él la música de la segunda mitad del siglo XX se queda en muy poco. Como siempre pasa, en la decadencia de las naciones es cuando surgen los grandes artistas. Y Argentina no es una excepción.
Ya les decía el otro día que la filosofía del tango es una mezcla de escepticismo y cinismo y a vivir que son dos días. Por eso, quizá, es que el tango ha traspasado todas las fronteras y se ha erigido en una especie de tótem del refinamiento canalla, la única respuesta aceptable a un mundo sin Dios. Y si ya Carlos Gardel lo elevó hasta cumbres inaccesibles para la mayoría de los mortales, lo de Piazzolla es un puro tirarse de cabeza en el proceloso mar de las pasiones desatadas donde solo los elegidos pueden sobrevivir. En lo que a mí hace, no he encontrado compositor que me permita diferenciar, y valorar, tanto a los diferentes intérpretes. No es lo mismo un Otoño Porteño interpretado por Stefanie Jones que por Ana Vidovic. Ana es correcta, pero Stefanie es sobrenatural. Por no hablar de Mario Stefano Pietrodarchi que se trasporta, arrastrándote con él, a los espacios siderales.
La música; no fue por nada que Thomas Mann, que sabía mucho del asunto, hiciese pactar con el diablo al protagonista de su biblia musical, el Doctor Faustus. Porque es que, en llegando a ciertos niveles de manipulación de las emociones es impensable que no haya por detrás algo diabólico que le sirva de soporte. En fin, ahora que ando con el Drácula de Stoker, ¡qué bien lo comprendo todo!
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