miércoles, 26 de abril de 2023

Rabas.

La geografía condiciona la biología y, ésta, las costumbres. Nada más fácil para entender tal aserto que centrarse en la ciudad de Santander. Santander está en la orilla norte de una amplia bahía a la que, como es preceptivo, los calamares, y cefalópodos en general, supongo, vienen a desovar cuando se aproxima el verano. Así es que, vienen, desovan y convierten la bahía en un vivero de oportunidades para la gente que vive a su alrededor. Cuando era niño era normal ver a la gente ir a maganos. Siempre había en centro de la bahía cantidad de barcas pescando con potera, que es un artilugio en forma de pez que en su parte posterior tiene una corona de anzuelos y que funciona haciéndole subir y bajar continuamente supongo que para llamar la atención del calamar. Por aquel entonces los tentáculos de aquellos maganos iban a parar a las barras de los bares en forma de rabas, es decir, rebozados con huevo y harina y fritos. Al que conoció aquellas rabas no se la pueden pegar con queso. En muchos bares las vendían en un cucurucho de papel de estraza para que pudieses comerlas mientras veías un partido de baloncesto en la cancha que había en el piso superior del Frente de Juventudes... por poner un ejemplo. 

Luego, cuando empezó el desarrollismo, la bahía se llenó de mierda que devoraba el oxígeno disuelto en agua y solo sobrevivieron las especies dotadas un sistema respiratorio privilegiado cual es el caso de los mules. Las especies más delicadas, como los cefalópodos, huyeron a otros ámbitos. Ya nadie iba a maganos. Y en los bares, las rabas se hacían troceando los calamares que venían de los caladeros africanos. Una porquería por comparación, desde luego, aunque la ilusión, ya saben, trabaja duro y, por eso, la gente como si nada hubiera cambiado. Los fines de semana, a la hora del vermut toda la ciudad flota en un aroma de fritanga que incita a acercarse al bar más próximo a por las dichosas rabas. 

El caso es que hace veinte años o así, con los fondos provenientes de la Comunidad Europea, se saneó la bahía de aguas residuales. Se bombearon hacia una depuradora y después, saneadas ya, se enviaron a la costa que da a mar abierto. Mano de santo, el oxígeno disuelto en el agua se normalizó y los cefalópodos, como muchas otras especies, captaron inmediatamente el dato. Así ha sido que la bahía ha vuelto por sus fueros y la gente ha vuelto a ir a maganos. Las barcas en el centro de la bahía y multitud de pescadores de caña en sus bordes. Y no se hacen idea de todo lo que se pesca. Los bordes de los paseos donde se ponen los pescadores están teñidos de negro por la tinta que sueltan los cefalópodos cuando se ven perdidos. 

Y de las rabas, ¿qué quieren que les diga? Hay que conformarse con la ilusión. Porque es imposible que la bahía dé para tanta demanda. Porque ya no somos solos los autóctonos. Cuando llegan los fines de semana o durante el ya largo y cálido verano, la ciudad se atiborra de forasteros de las comunidades cercanas y de las que no lo están tanto. Se convierte en un hervidero de ansiosos buscadores de sensaciones auténticas: se dejarían matar antes de tener que irse sin haber cumplido con el rito cotidiano de las rabas. 

En cualquier caso, me contaba el otro día Pedro que todos los días, hacia las once de la noche, se organiza en el Paseo Marítimo una especie de lonja en la que los pescadores de caña subastan sus capturas. Es una de esas cosas que te reconcilian con el mundo porque demuestran que los seres humanos no necesitan para nada políticos que les organicen la vida. La gente dejada a su libre albedrío se organiza divinamente y hace del mundo un lugar apetecible. 

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