Ando de nuevo con las memorias de Casanova. Salgo a pasear, me siento en un banco a la sombra, saco el kindle y prosigo. Y tengo para rato porque solo he leído un treinta y dos por ciento. Son más largas que una semana sin pan, como se solía decir antaño cuando la gente sabía por experiencia qué cosa era eso.
El caso es que Casanova, que anda a la sazón por los treinta o así, folla más que el gallo de la pasión, como se solía decir, también, cuando la gente sabía de qué iban los evangelios. Recién acaba de mantener un menage a troi con una monja de veintidós y una novicia de catorce, y ya está enamorado perdido, porque nunca lo hace sin estar enamorado, de la hija de su housekeeper, que tiene catorce años y unas tetas que parecen las manzanas que Hércules robó en el Jardín de las Hespérides. Pero, con manzanas o no, pragmatismo obliga y firma un ventajoso traspaso con el embajador inglés que, aparte de gentleman, es borracho y rijoso. Y no pasa nada, porque, Tonina, que así se llama la de las manzanas, tiene una hermana menor que también necesita que la traspasen: era una forma, como otra cualquiera, de hacer carrera en aquella Venecia del XVIII.
A todo esto, Casanova no para de perder en el juego. Claro, ya lo dice el refrán, afortunado en amores... Así que, a primera vista, da la imagen de ser un vulgar mujeriego y jugador; sin embargo, es algo más: es un infatigable curioso; está al tanto de todos los avances que van haciendo las ciencias, especialmente en lo que hace a las matemáticas. Pero, sobre todo, es un fino filósofo de la condición humana. Analiza sus flaquezas, la inconstancia concretamente, pormenorizadamente sin el menor atisbo de autojustificación. No, simplemente, las cosas son como son porque no pueden ser de otra manera y a él le ha tocado el papel que le ha tocado e intenta representarlo de la mejor manera posible ante los ojos del respetable.
Continuará.
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